Se equivocó la paloma

Las palabras del Papa sobre su visita a España obligan a repetir esos versos de Alberti en torno a una paloma que había perdido su rumbo

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Como nos ha puesto nuevamente de relieve el Congreso Internacional de la Lengua Española, recientemente celebrado en Córdoba (Argentina), el nuestro es un idioma prodigioso, dotado de posibilidades infinitas y capaz de servir de vehículo de comunicación entre gentes de toda condición. En suma, un instrumento de precisión que, usado sin el cuidado debido, puede dejarnos como al también argentino Papa Francisco: metiendo la pata tres veces en una frase de tan solo tres palabras, y obligándonos a repetir esos versos de Alberti en torno a una paloma que había perdido su rumbo.

Naturalmente, estoy hablando de su críptica respuesta a la pregunta de los periodistas respecto de cuando pensaba visitar España: «cuando haya paz. Iré cuando haya paz».

Pues bien: yerra el Santo Padre al sugerir que la paz sea una precondición para una visita pastoral. De entrada, no parece haberlo sido durante su pontificado, que en el pasado le ha permitido visitar lugares tan escasamente bendecidos con ese don como Israel, Turquía, Filipinas, la República Centroafricana, Egipto o Azerbaiján. Pero, sobre todo, no parece que desde una perspectiva ontológica, y menos aún desde una óptica cristiana, la paz pueda ser una precondición para la visita de quien precisamente tiene en su prédica una de sus más profundas razones de ser. En pocas palabras: la constatación de que en un país falta la paz no debería ser un obstáculo insalvable, sino un eficaz estímulo para una visita papal.

Pero es aquí donde yerra por segunda vez el Santo Padre: es que en España ya hay paz. No estoy hablando de una paz perfecta, perpetua y además universal, como la que tal vez solo exista en la mente de los filósofos o en el alma de los santos, sino de una paz de proporciones más modestas, perfectible pero igualmente deseable, no muy distinta de la que se da en tantos países de nuestro entorno a cuya hospitalidad el Santo Padre no ha hecho ascos. Una paz de dimensiones humanas y no arcangélicas, compatible con el conficto pero no con la guerra, con la desigualdad pero no con la tiranía. Una paz, en todo caso, tan evidente que su negación solo puede ser prueba de ignorancia o de mala fe.

Y, por fin, yerra el Santo Padre al pensar que esa que ha verbalizado, o cualquier otra que guarde en la intimidad de su corazón, son razones que justifiquen que en sus ya seis años de pontificado no se haya tomado la molestia de visitar la que desde siempre ha ostentado el título oficioso de «hija predilecta de la Iglesia». Y no porque España necesite de reconocimientos protocolarios a los que este Papa se ha mostrado siempre tan remiso, sino por algo que en cambio debería conmover a un hombre consagrado a la prédica del evangelio: porque los católicos españoles necesitan de sus palabras tal vez más que nunca, y porque hurtárselas solo puede ser prueba de cobardía o de soberbia.