Epístola moral para el ascensor de mi apartamento

Guárdate de mí y de mis artículos despolitizados con sonsonete europeísta, que te clavo mi credo

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Vecino, guárdate de los flacos que son exgordos, pues se comportan con displicencia de muchachos expulsados de la academia de OT, como si hubieran muerto y renacido, y resultan unos bordes, inflexibles con las debilidades ajenas. Y de los cuñados que te quitan la carta de vinos porque ellos entienden y saben cuál se saborea «redondo en boca» y, luego, simplemente, eligen uno de los más caros, ¡así soy un experto hasta yo!, y dividen la cuenta. Por lo visto, el buen vino jamás será el barato. Y de las diputadas de Ciudadanos que dicen «veo un perrito y me derrito» y defienden, en el Parlamento, que los perros sean personas, mira, chico, que un chucho pueda compartir piso contigo no significa que te puedas casar con él, matricularlo en la facultad o elegirlo presidente de Cataluña. Bueno, eso a lo mejor sí, siempre que se decida en Bruselas, claro. Y de la Junta de Andalucía, por promover la eliminación de cerdos, buitres y pulpos, que largan piropos a las tías buenas por la calle, como si algunos hombres no fueran también machistas, chico, chico.

Y del día internacional de la croqueta, puesto adrede en el calendario, a primeros de enero, para que abandones, rápidamente, tus felices propósitos de Nochevieja, dejando pagado un trimestre del gimnasio por adelantado. El próximo año, recuerda hacerte los selfis, con las mallas choriceras en la sala de spining, antes de que llegue la susodicha jornada mundial de la bechamel rebozada porque, después, chico, ya no volverás por allí. Y de los Ferran Adrià de la escalera, que, en lugar de la clásica barbacoa, con las salchichas, panceta y chuletitas de toda la vida, lo mismo te emplatan un aire de pepino o una espuma de ajetes roncados que copiaron del MasterChef Junior y te dejan con más hambre que un legionario a dieta. Y de la calentura de la Tierra.

Y de los exlectores de libros que se han pasado a las series, capaces de hablar, y hablar, y hablar, sobre los episodios que han visto y los que no, y de destriparte todas las tramas. Y que te tratan de gilipollas si no te sabes el nombre de las familias de 'Juego de tronos'. Y de los que andan despacio, se paran, no te dejan pasar y convierten la calle en un videojuego. Y de los invitados que hacen caca en tu casa o no levantan la madera al hacer pis. Y de los encogidos que no te avisan si llevas un trocito de perejil entre los dientes. Y, chico, ojito con Woody Allen, si te llama para su próxima película.

Vecino, guárdate de mí y de mis artículos despolitizados con sonsonete europeísta, que te clavo mi credo («Si España no es la democracia española, sólo será un recuerdo») si te descuidas. Yo me guardaré de ti, querido vecino, y para eso escribo esta columna, como una investidura telemática entre los dos, para mantenernos la distancia. Chico, chico, qué celtibérico amanezco hoy. Parezco tu amigo, ¿o no?

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