ENTRETENIMIENTO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Al deslizarnos sin prisa pero sin pausa por la senda del jolgorio de parque de atracciones, por esa irremediable infantilización de una sociedad atrapada por el simplismo atroz que nace de las pequeñas pantallas, ese «me gusta» adictivo para las mentes desportilladas que divide nuestra existencia en un maniqueísmo insoportable, se ha desvirtuado el entretenimiento.

Algo entretenido se asocia, pues, a algo banal, hueco, superficial, chato; algo, en definitiva, que no te obligue no ya a reflexionar, sino a huir de un mínimo pensamiento que, sin duda, incluso puede provocar el placer que nace de la evocación, de la imaginación, de una conclusión personal. A mí también me gusta, de vez en cuando, una sangrienta ración de Rambo masticando palomitas o unos truenos de Motörhead con el inolvidable Lemmy Kilmister. Esto se me antoja honesto. Sin embargo lo que me anestesia los sentidos es la pléyade de baladistas ñoños que se creen músicos, la literatura falsamente profunda que no es sino artificio, facilidad y alfalfa para paladares devastados, o el cine peñazo plagado de trampas y risas enlatadas. Me niego, por otra parte, a conceder que las grandes obras de ayer, hoy y siempre no resulten entretenidas al público actual por su blanco y negro, por su carga corrosiva, por su cruel provocación. Visionar otra vez 'La diligencia' me proporciona entretenimiento, leer algo viejuno como Hammet me hace salivar y lo mismo me sucede con 'Los asquerosos' de Santiago Lorenzo. ¿Acaso no entretienen 'La Odisea de Homero o la memorable biografía de Chaves Nogales 'Juan Belmonte matador de toros'? Pues claro que sí. Emparentar el entretenimiento con los malos chistes escupidos desde la multicolor televisión supone un error. El entretenimiento de calidad te traslada hacia otras esferas de sensualidades pintureras.