Enredo

El caso italiano es, quizás, el más parecido a aquella serie mítica de los 70

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La política tiene mucho de 'sitcom', esa fórmula televisiva en la que se resuelven episodios diferenciados pero con continuidad en personajes y escenarios. Uno de ellos es el salón de casa, como vemos en 'Friends' o en 'Big Band Theory'. Cuando estas series, de apenas media hora, funcionan y la gente las ve, suelen prolongarse en el tiempo sine die, lo que obliga a 'estirar' las historias, multiplicarlas, enredarlas y exprimirlas al máximo para que den de sí. De ese modo, asistimos con frecuencia a líos entre personajes cuya posibilidad era remota al comienzo pero, dado que el negocio obliga, acaban por producirse. La alternativa para alargar el éxito es introducir personajes nuevos pero eso siempre multiplica el presupuesto. El resultado es que, si hay muchas temporadas, todos acaban por liarse con todos.

Por eso la política se parece tanto a las fórmulas de televisión que se alimentan de enredos continuos: desde realities como 'Gran Hermano' hasta los formatos tipo 'Gallos, gallinas y viceverses'. En ellos, el modo de perpetuarse en la pequeña pantalla y el talonario de la cadena es hacerse un hueco entre el elenco de picaflores que dan mucho juego.

En la vida política ocurre algo parecido. Puesto que la política es el arte de durar en el poder, no queda más remedio que buscar la forma de aliarse con unos y otros como si de una telenovela o de un GHVip se tratara, con tal de ganar minutos de pantalla.

El caso italiano es, quizás, el más parecido a 'Enredo', aquella serie mítica de los 70. Los 'anticasta' de izquierdas pactaron con los nacionalistas de derechas y ahora los abandonan para moderarse con los socialdemócratas. El gran ofendido es Salvini que se queda fuera del guion y que quizás vuelva al final de la actual temporada para dar emoción en el último segundo y dejar al espectador con ganas de que empiece la siguiente. En España tampoco andamos cortos de líos imposibles pero los nuestros, no sé por qué, son menos simpáticos. En lugar de escuchar de fondo la melodía divertida de 'Enredo', parece que suena la música de 'La Clave', tan sobria, por debajo. Ya sé que son referencias muy vintage pero son fruto de una edad y un deseo de reivindicar que las buenas producciones no las inventó Netflix.

En nuestro caso ya hemos visto trasvases de líderes de un partido a otro como si fueran habitantes de 'La que se avecina', que salen con unas y con otras y, en un giro de guion, acaban con el macizo del cuarto. Aún quedan muchas temporadas. En la actual, sin ir más lejos, el protagonista simula ligar con uno pero en el fondo no quiere salir con él y llevamos desde las últimas elecciones asistiendo a ese juego de simulación que mantiene en vilo a la audiencia pero no se resuelve nunca. Antes se lió con otro que ahora, oh Dios mío, no quiere ni verlo. Y, mientras, los amigotes de la pandilla están deseando que los primeros se líen para sacar beneficio.