Los engaños de los políticos

Mas ha dicho que en política se exagera y se infla para quedar bien, y ningún político ha salido a proclamar que sea distinto

VICENTE LLADRÓ

Hasta ahora, si bien sabíamos que la mentira, el engaño, era a veces como mal menor de la política al uso, no hacíamos alarde de saberlo, porque tampoco se trata de meter a todos los que la ejercen de manera profesional en el mismo saco; siempre hay de todo, y generalizar porque sí puede sonar a demagógico. Qué fácil salir a decir de continuo esto o aquello de los políticos, que si son artistas en lo del embuste o tienen labia como para convencernos de una cosa o de la contraria, según convenga. Pero no, aunque lo sabíamos, hacíamos como si no, en la vana esperanza de que a lo mejor no sería para tanto, aunque a menudo lo pareciera; más bien serían intuiciones de malpensados. Si, eso, tal vez.

Pero hasta ahora. Ha bastado que Artur Mas haya definido la cuestión para terminar de caernos del caballo, o del borrico.

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña y factótum esencial de los laberintos políticos del 'procés', ha declarado lo siguiente: «En el mundo de la política hay un componente simbólico y estético. Muchas veces un argumento se exagera o se infla para quedar bien posicionado ante la opinión pública. ¿Esto es un engaño o una exageración? Puede llegar a ser un engaño». Y se ha quedado tan pancho. Con toda la jeta.

Es como si el responsable del colegio o sindicato de cualquier profesión dijera que en su actividad es habitual que los colegas hagan ver lo que no es para engatusar a la clientela. Impensable, ¿a qué sí? Una cosa es que coloquialmente y en plan de chiste pongamos verde a quien sea y otra muy diferente que lleguemos a pensar que es totalmente cierto, y peor aún que un destacadísimo miembro del gremio nos suelte que sí, que aquello que pensábamos pero que no nos atrevíamos a creer del todo, es la pura verdad: nos mienten, nos exageran, se enrollan para convencernos de que les votemos, para ello «inflan» lo que sea menester, y luego hacen de su capa un sayo. Porque en la política hay «un componente simbólico y estético», nos ha soltado Mas después de comparecer a declarar en el Tribunal Supremo. Y no pasa nada. Hasta la siguiente. ¿O sí pasa?

Porque en adelante primará de oficio la desconfianza, y cabe preguntar a cualquier político si también infla, exagera y engaña como Mas. Fíjense en que ninguno, de la nutridísima plantilla política que tenemos, ha salido a decir como mínimo que él no, que no ha mentido nunca, ni ha inflado, ni exagerado, y que no lo hará nunca porque es un profesional honrado, tiene vocación de servicio público y está a las ordenes de sus clientes, los ciudadanos. Que sepamos, ni uno solo lo ha hecho. ¿Participarán todos del mismo planteamiento de Mas? Y este mismo, ¿cómo será capaz de presentarse ante sus clientes en el futuro? Si lo de la declaración de independencia fue una broma exagerada, tan en serio que lo hicieron y con el embrollo que nos han montado, ¿cuándo creer que algo es de verdad?

Fotos

Vídeos