La enfermedad del 'Brexit'

Lo de hoy es la mera y lógica continuación de ese proceso de desencuentro conceptual, político y social

ENRIQUE VÁZQUEZ

Ayer y anteayer el Parlamento británico volvió a exhibir un poder incomparable en su condición de representante de la opinión nacional expresada a través de los diputados elegidos en su día: a través de sendas votaciones y por mayorías notables, aunque no abrumadoras, volvió a tumbar el plan del Gobierno de Theresa May de abandonar la Unión Europea y cumplir así el resultado del referéndum de junio de 2016.

En aquella fecha, un público siempre informado por una prensa ardiente y en el marco del gusto de la sociedad británica por el debate político, aunque muy alejado de las complejidades técnicas del asunto y trabajado por un neonacionalismo en auge, decidió por sólo 3,8 puntos abandonar la UE. Culpar ahora al entonces primer ministro, el conservador James Cameron, no tiene sentido: casi todo el mundo creyó que el sí ganaría, aunque no por mucho.

El hombre clave en el escenario del neonacionalismo soterrado, pero vivo y a la defensiva frente a la UE, fue el entonces eurodiputado Neil Farage, uno de los fundadores del Partido de la Independencia. Visto retrospectivamente es como si él y media docena más de ultranacionalistas hubieran visto lo que nadie, sondeos incluidos, predecían. Sobra decir que el público británico pareció olvidar que la Unión Europea ya había hecho una extraordinaria excepción con Gran Bretaña al aceptar el mantenimiento de la libra esterlina como su moneda nacional, en vez del euro foráneo, desconocido y recién inventado.

En su día hubo voces contrarias a aceptar este estatus, pero prevaleció el criterio de aumentar la fortaleza financiera del invento contando con la gran Bolsa de Londres y el perfume de la insoslayable City contra los que algunos observadores, principalmente franceses -tal vez inspirados todavía por el difunto general de Gaulle, poco probritánico, como es sabido- alertaron sin éxito. Sobra decir que lo de hoy es la mera, y lógica, continuación de ese proceso de desencuentro conceptual, político y, sobre todo, social: la conducta del británico medio aún debe ser analizada, para ser entendida, por historiadores sociales, no por técnicos de la economía.

Con todo, en Bruselas prevalece todavía una educada y solvente preferencia por mantener la situación y se han hecho esfuerzos notables al respecto, como prueba el encuentro May-Juncker del martes. La interpretación de su acuerdo no le sirvió de nada a la primera ministra, puesta contra las cuerdas y derrotada en un Parlamento aparentemente irreconciliable con el proceso y trabajado por los neonacionalistas desde criterios bien conocidos, un punto toscos y primarios pero eficaces. La City sobrevivirá y también el párroco rural de la misa dominical que conoce uno a uno a sus feligreses e, incluso, el hábito adorable de informar de quién ha oído antes que nadie el canto del ruiseñor en la campiña británica.