NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO

El IVAM decide prohibir a los espectadores del museo el uso del bolígrafo para anotar datos de las obras expuestas

NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO
RAFA MARÍ

Sin catálogo. En el IVAM, días atrás. Estaba viendo una exposición de la que hasta el momento no se había publicado el catálogo. Sin catálogo, el crítico se siente perdido. Pero hay soluciones artesanales para subsanar esa carencia. Pacientemente iba anotando títulos, fechas y algunos aspectos de las obras expuestas. Lo hacía como siempre lo hago en estos casos, de forma sencilla, antigua y eficaz: con un bolígrafo y una libreta de notas.

Con lápiz. Con educación no exenta de firmeza, el vigilante de la sala me dijo: «Perdone, no se puede utilizar el bolígrafo. Haga sus anotaciones con un lápiz». Le respondí que no tenía lápiz. «Pídalo en recepción, allí le facilitarán uno». Así lo hice. Pregunté a qué se debía la prohibición del bolígrafo. Parece ser que ha habido casos, en el IVAM o en otros museos, en los que se ha usado el bolígrafo para escribir cosas en los dibujos y óleos de una exposición. Si esos 'añadidos populares' se hacen con lápiz, es fácil borrarlos sin dejar huella del atentado estético.

Temor. Temor. Entiendo el temor de los museos a que gente locoide dañe el patrimonio artístico. Con todo, la solución adoptada no es convincente. Si el ánimo principal de alguien es destructivo (hay personas de esa calaña), el agresor en potencia puede guardarse el bolígrafo en un bolsillo y luego, súbitamente, utilizarlo para hacer su pintada personal ('Viva el Partido Cósmico', por ejemplo) sobre creaciones de Ródchenko, Léger o Rey Fueyo. Además, un vándalo es capaz de rasgar un cartel con el lápiz como único instrumento. No hay enemigo pequeño.

El bien común. Entonces, ¿cual es la solución a este problema? En la vida no todo tiene solución. Erradicar la barbarie no ha sido posible todavía. Para aminorarla se me ocurre una idea, tan sencilla, antigua y semi-eficaz como el uso clásico de los bolígrafos: endurecer las penas y multas a quienes arremeten contra el bien común.

El móvil. El asunto del bolígrafo me trajo a la memoria un incidente ajedrecístico que viví este año: perdí una partida porque durante el transcurso del juego (más de 3 horas) había mirado dos veces mi móvil -en modo silencio- para saber si tenía algún mensaje pendiente. Eso está prohibido en el actual ajedrez de competición (lo ignoraba). En algunos torneos se han hecho trampas mediante decisivas informaciones transmitidas por un cómplice, bien asesorado en su casa con ordenadores capaces de analizar miles de variantes por segundo.

Gente de bien. Ese es el panorama: el estilo agresivo o tramposo de otros lo acabamos pagando las gentes de bien, los que nos preocupamos por no tocar las obras expuestas, jugar al ajedrez con decencia, detener el coche cuando llegamos a un Stop y respetar la Constitución de 1978.

Pecadores. Pecadores. No es fácil corregir esos desajustes. El refranero español lo dice de forma lacónica y dolida: «Pagar justos por pecadores». Ahora mismo cometo yo esa injusticia con los libros de cine. El último que adquirí es tan malo que, irritado, he decido no comprar mas de ese género en una buena temporada. Título y autor del libro: 'Los thrillers españoles (El Cine Español desde los años 40 hasta los años 90)', de Juan Julio de Abajo de Pablos, editado en 2001 por Fancy.

'Barón'. Reproduzco párrafos del libro de Abajo de Pablos: «Sáenz de Heredia no fue nunca un santo barón»; «... como tanto imbécil nos propaga con sus difamaciones de ignorante supino o 'pipiolo' que empieza a caminar y ya se siente un 'genio revolucionario'»; «mucho aprendí de Juan Antonio Bardem, y aún me queda por aprender de sus impecables trabajos tan despreciados hoy en día por seres despreciables, huecos de talento y henchidos de estúpida presunción».

Insultos. Señor Abajo de Pablos: Saénz de Heredia era un 'varón', no un 'barón'. Confunde usted masculinidad y títulos nobiliarios. ¿Se siente mejor tras soltar tantos insultos? 'Imbécil, ignorante supino, pipiolo, seres despreciables, huecos de talento, henchidos de estúpida presunción'. Lo suyo es más un desahogo que un ensayo cinéfilo.

Hasta 2020. Me reafirmo: no compro más libros de cine hasta el año que viene. Con un bolígrafo y sin que nadie me vea, anoto ese compromiso en mi agenda.