EL ENCANTO DE UN NOBLE

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Siempre me han fascinado las novelas, los relatos cortos, las series de televisión o las películas que retratan la decadencia de familias aristocráticas venidas a menos por la razón que sea, una guerra, una revolución, una crisis económica, la mala cabeza del pater familias o el reparto de la herencia al morir el progenitor. Hay algo especial y casi mágico en esos ambientes donde los desconchados en las paredes que no pueden enlucirse porque no queda dinero ni para comprar un bote de pintura se tapan con los viejos muebles de época que van soltando la típica arenilla de la carcoma. El hombre de la casa, impertérrito, sigue viviendo como si tal cosa, incapaz de remangarse y salir a buscar un trabajo que aporte un sustento a su familia. Si nunca lo ha hecho sólo faltaría que a la vejez le salieran callos en las palmas de las manos. Y la mujer mantiene su apretada agenda de partidas de canasta y té de las cinco con su círculo de amistades, no queriendo ver las dificultades que afronta un servicio menguante y envejecido para poder llenar cada día los platos de la vajilla de porcelana con algo digno y sustancioso. La vieja casona, el en otros tiempos espectacular palacete o el impresionante piso en el centro de la ciudad se van deteriorando a pasos de gigante sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo y con los protagonistas mirando hacia otro lado con el convencimiento de que si no se fijan y no hablan de ello el problema sencillamente pasará, se resolverá solo. Cada poco tiempo, y con una frecuencia creciente, hay que acudir al monte de piedad para malvender unas pinturas, unos libros muy antiguos, la cubertería de plata o algunos jarrones de firma y obtener así una liquidez con la que atender esas nimiedades propias de la gente corriente y que jamás preocuparon a un noble, que si el recibo de la luz, el gas, el teléfono, el agua o la cesta de la compra, porque para eso tenía un secretario, un administrador y un contable, profesionales mal pagados pero eficaces que ahorraban a su señor las incomodidades de la gestión doméstica para la que no fue educado. Su mundo se derrumba y él es incapaz de darse cuenta, de reaccionar, de hacer algo, probablemente porque no está preparado para unos nuevos tiempos de estrecheces carentes del mínimo glamur. Todos a su alrededor son conscientes de la situación pero él sigue pendiente de sus cosas: la caza, la copa de Jerez a la una y cuarto o el correo de la tarde que le lleva el mayordomo en una bandeja de plata con el abrecartas junto a los sobres. Los nuevos ricos y los aristócratas que supieron adaptarse a los nuevos tiempos revolotean como buitres sobre sus dominios mientras el noble arruinado escucha confiado la 5ª sinfonía de Mahler. Pese a todo, su encanto es irresistible. Tal vez por eso somos del Valencia.

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