EL ENCANTO

RAMÓN PALOMAR

El «encanto» ya no es el calificativo que le soltaba el duro y cínico detective a la peligrosa mujer fatal de sus sueños cuando los tiempos dorados del Hollywood de los años 40 y 50. Ahora son las cosas, los negocios y los lugares los que merecen ese sello que, de alguna manera, tranquiliza al consumidor porque le traslada hacia placeres inolvidables. Caminando por la ciudad me topé con un reclamo de bella tipografía que anunciaba «se alquilan apartamentos con encanto». Pues muy bien. No aportaban más información, quiero decir esas bagatelas útiles como los metros cuadrados, el número de cuartos de baño, si disponemos de tele por cable o si la luz del sol inunda nuestros ojos. Nada. Con el encanto ya nos hechizan. En esta cruel sociedad nos venden múltiples milongas bajo el paraguas del encanto. Hoteles con encanto, restaurantes con encanto, vacaciones con encanto, garitos de copas con encanto, playas con encanto. Las novelas de terror de inspiración gótica, como una del injustamente olvidado Richard Matheson titulada 'La casa infernal', mostraban moradas encantadas que provocaban pavor, pero esto ha evolucionado hacia el lado contrario mediante encantamiento de marquetin cursilón. Ahora encontramos un encanto general, algo vago y difuso, donde cabe cualquier cosa, pues el marchamo evoca nuestros pensamientos optimistas. Entre un hotel con encanto, por ejemplo, y otro con piscina infinita, buen yantar, amplias habitaciones y sosiego reparador, elegimos el del encanto aunque por sus pasillos repten encantadoras cucarachas y su bufé libre muestre platos insípidos repletos de salsa de encanto. Sospecho que a Sánchez e Iglesias les faltó aplicar ciertas dosis de encanto en sus negociaciones, de ahí el desencanto colectivo y, cómo no, esa inmensa fatiga que nos aplasta. En septiembre, la repesca.