Embelecos en la montaña «mágica»

FERRAN BELDA

No es la fe la que mueve montañas sino que son éstas las que mueven a los hombres a cometer toda suerte de locuras en ellas a poco que sean altas e imponentes. Locuras que van en aumento cuanto mayor es el respeto que infunden estas moles de piedra. Tenemos un ejemplo próximo que es el Penyagolosa, una montaña a la que el presidente de la Diputación de Castellón, una persona seria y responsable, acaba de calificar ni más ni menos que de mágica. ¿Por? No va a ser menos Sant Joan de Penyagolosa, que atrae a los peregrinos de Les Useres, que la de Thomas Mann, que sólo atraía pacientes al sanatorio de Davos. En cualquier caso, Javier Moliner no es el primero en exagerar la nota al ponderar las impresiones que provoca este coloso. Los dos poetas más destacados de la Renaixença, Teodoro Llorente y Vicent W. Querol, coincidieron en tildarlo, junto al Montgó, de gigante custodio de Valencia, que ya es coincidir. «Tú, la que guarden Penyagolosa/ i, els peus en l'aigua, l'altiu Montgó», escribe Llorente. «Fill so de la que guaytan com dos gigants catius/ d'un cap Penyagolosa, de l'altre cap Montgó», declama Querol. Pero es que a partir de ahí no hubo más que exaltación y delirio montañero. Francisco Camps subió al Penyagolosa. Y sea porque contrajo el mal de altura o porque se embriagó con la lectura de la estrofa de Manuel Rozalén que está esculpida en la cima («Penyagolosa, gegant de pedra: / la teua testa, plena de neu./ Penyagolosa, Penyagolosa,/ a la tempesta, al sol i al vent./ Fita senyera del poble meu»), bajó como Moisés del Sinaí. Con unas tablas de la ley valenciana que no se las salta Vicent Marzá. Y porque Zaplana se chivó a Aznar, según cuenta Pilar Cernuda en 'Contra el talante', que si no el que habría reformado el Estatuto de autonomía y estaría adelantando elecciones como un poseso para distinguirse sería él. No lo duden. El caso es que cuando aún no habíamos conseguido que Ximo Puig explicase por qué compró una solafinca de las tres de este parque natural que todavía permanecían en manos privadas, saltó Javier Moliner y, como si no quisiera quedarse atrás en los sacrificios oficiales a realizar en este Moriá, anunció que la corporación provincial de Castellón restaurará el abandonado santuario de Sant Joan de Penyagolosa para reforzar la solicitud de declaración de los 'Camins del Penyagolosa' como Patrimonio de la Humanidad. Una iniciativa que resultaría plausible si no fuera por unos pequeños detalles como son que «nuestra Roma», en palabras del presidente provincial, es propiedad del obispado de Segorbe-Castellón y éste ni renuncia a la titularidad ni ha firmado aún el acuerdo de cesión. Si a ello añadimos que el plan de ejecución, cuyos costes y características también se desconocen, «no será ni inmediato ni fácil», concluiremos que nos encontramos ante otro embeleco electoral que sólo persigue la explotación de un símbolo. Mágico, por supuesto.