Efecto Moncloa

Rosa Rodríguez
ROSA RODRÍGUEZ

Luis XIV ordenó reformar la terraza de Versalles para erigir un salón de espejos que reflejara la exuberancia de su poder absoluto ante el mundo. En la construcción y remodelaciones de su fortaleza predilecta, cerca de París, concibió hasta la obsesión lo que sería el símbolo por antonomasia de su legado como rey Sol. Un icono de opulencia, lujo y extravagancia con el que amarró a la corte, trasladándola a vivir a sus dependencias para controlar que no se sublevara contra su regio despotismo. Desde su amado château, los nobles, a los que despojó de potestades, dependían de su favor. Los palacios conceden cierta sensación de autoridad, dominio y solemnidad a sus inquilinos. A los gobernantes les rodea una aureola de credibilidad el mero hecho de habitar en esas paredes. Es una cuestión del marketing que cada vez gana más peso en la estrategia política. Hace más de un año, tras una moción de censura, Pedro Sánchez llegó a los muros palaciegos sin pasar por las urnas. Ahora, después de unas elecciones y una investidura fracasada, seguirá como presidente en funciones, una situación que da escaso o nulo margen para la gestión ordinaria, como se testó en 2016, pero da mucho juego para la propaganda. Su 'spin doctor' de cabecera se fija el objetivo de exprimir ese 'efecto Moncloa' hasta donde sea necesario para redoblar el impulso publicitario del candidato socialista en los próximos meses. Porque el César también debe parecerlo. Y la figura de Pablo Iglesias está en la antítesis del estadista. La opereta de la pugna por el Ejecutivo lo ha posicionado de nuevo como un líder de desmesurada ambición por sentarse o sentar a su cúpula en el trono del Consejo de Ministros. «Quiere conducir un coche sin saber siquiera dónde está el volante» le espetó Adriana Lastra en el vodevil del Congreso. Sánchez se lamentó al «constatar que persiste el bloqueo» como si hubiera hecho algo para evitar esa «oportunidad histórica que se desvanece». Una alianza nunca culmina con éxito si se plantea desde la desconfianza como un combate que acabará con ganadores y perdedores. Negociar con uno mismo no es negociar. Tampoco negociar con la amenaza de elecciones es la baza más afable si se persigue alcanzar el acuerdo. Ninguno de los aludidos ha luchado por el pacto. No han hecho otra cosa que pelearse por el relato en una sucia batalla en streaming de intoxicaciones y manipulaciones varias.

Alfredo Pérez Rubalcaba le contó en una entrevista a Manuel Campo Vidal que «la química funciona como la vida». «En química -añadió- el primer axioma que se aprende es que semejante disuelve a semejante. En la política pasa igual. Semejante disuelve a semejante. Por eso, las coaliciones entre semejantes son tan complicadas y a veces son mejor las coaliciones entre complementarios». Según Carmen Calvo, en adelante «toca explorar otras situaciones». Mientras tanto el perfil de Sánchez se proyecta hacia el otoño desde los cristales de Moncloa.