Echelon gana

MARÍA RUIZ

Los conceptos de seguridad y libertad cambiaron tras los atentados que el 11 de septiembre de 2001 golpearon al planeta. Los gobiernos del mundo declararon la guerra al terror y arbitraron entonces asfixiantes medidas de protección y de vigilancia masiva. Echelon, la mayor red de espionaje occidental, comenzó a rastrear nada menos que 3.000 millones de comunicaciones cada día. Si usted decía, por ejemplo, «Bin Laden» en una conversación telefónica, esa llamada era automáticamente interceptada.

A cambio de esa ultraseguridad nos pidieron cotas cada vez más anchas de renuncia a nuestras libertades. Las individuales y las colectivas. Los derechos a la intimidad, a la libre circulación, expresión y opinión, fueron en parte cercenados con leyes que dilataban la soberanía tecnológica de Estados Unidos. El Europarlamento protestó ante ese intento colonizador digital e impulsó una protección criptográfica. Pero Theresa May propuso romper ese paraguas tras los atentados en Gran Bretaña. Otra vez seguridad a cambio de libertad.

Comenzamos la tercera década del siglo XXI con aplicaciones en nuestros teléfonos móviles que nos pueden escuchar y grabar sin que ninguna ley nos proteja. Pero una red gigante como Instagram censura los cuerpos desnudos porque los considera indecorosos. Una ridícula creencia que envía a nuestros adolescentes a webs porno que les hacen desvirtuar el sexo natural y normalizar cierta violencia.

Así que hemos entrado en la era de la piel fina en la que el ofendidismo gana partidas insospechadas. Como por ejemplo que 'The New York Times' se autocensure y renuncie a la crítica mordaz de las viñetas. Y mientras, somos monitorizados como si viviéramos en un capítulo de 'Black mirror'.