ECHAR DE MENOS A MAJO

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- BURGUERAValencia

Con el paso del tiempo, nos acordamos de los que se fueron en fechas señaladas; sin embargo, el calendario personal es caprichoso y no siempre coinciden las añoranzas con los días típicos de Navidad, o con el momento en que se fueron. A mí me pasa ahora con Majo Grimaldo. La subdirectora de este periódico nos dejó un 1 de noviembre. Desde entonces, no pasan muchos días en la redacción sin que alguien haga un comentario sobre ella. Cuando se fue, compañeros que tenían una relación muy estrecha con ella publicaron textos que suscribo palabra por palabra y que imagino lo que costaron de escribir. De hecho, yo no pude hacerlo.

Lo hago ahora porque me impresiona el modo en que algunas personas te marcan. Son cicatrices relativas a grandes y pequeños asuntos. Llegan las vacaciones de agosto, cuando la gran mayoría se pira. Majo se tomaba el descanso ese mes, que ya está aquí, como quien dice. La tarde antes de coger las vacaciones, durante los minutos previos a agarrar el bolso y salir zumbando sin mirar atrás, toda decisión, estampaba dos besos a los compañeros. Iba mesa por mesa, con sonrisa de triunfo, te pasaba un brazo por el cuello y te daba dos besos como dos soles. Era inevitable alegrarse por ella, entregada a su trabajo. Y también era difícil no asociar esa situación al verano, a la necesidad que todos tenemos de desconectar. Majo solía alargar esa despedida preguntando qué ibas a hacer tú cuando te fueras, dando un par de pinceladas sobre su intención de desconectar, interesándose por tu gente y regodeándose en alguna anécdota, propia o ajena, porque era un momento de felicidad para ella y le gustaba compartirlo de algún modo. Ahora, cuando llegue el 31 de julio, de nuevo, notaremos su insistente ausencia. Un año después, mi vida ha cambiado radicalmente. Me hubiera gustado tenerla cerca para contarle algunas cosas y, sobre todo, para escucharla. Solía dar buenos consejos en lo personal. Tenía inteligencia emocional a capazos. Era, por tanto, difícil no empatizar cuando la veías irse de vacaciones.

En mi caso, ya llevo días anticipando esa extrañeza de no ver a Majo recorriendo la redacción despidiéndose. Aquel paseíllo del año pasado fue la última vez que la vi. Nunca sabes cuándo será ese momento, el que dejes de tener cerca a aquellos que quieres, así que me alegro mucho de que fuera en esas circunstancias, ella contenta y yo también. No lo duden, vivan como lo hacía ella y como lo hacen los que saben vivir, intensamente hasta los pequeños detalles. Saluden con plenitud. Despídanse con plenitud, sin dejarse nada por decir. Decir adiós con las maletas vacías de rencores y reproches es muy sano. Dejas mejor recuerdo y disfrutas más de lo que venga. Sea lo que sea.