DUELO VESPERTINO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando llegan estas fechas nunca le pregunto a las amistades por los resultados académicos de su chavalería. Si sus retoños gozaron del éxito ellos mismos, tarde o temprano, lo expanden; si recolectaron fructífera cosecha de calabazas silenciarán el triunfo agrícola. ¿Para qué preguntar? En general, y como medida de precaución, conviene preguntar poco.

Ayer, a media tarde, en pleno calorazo, salí de la palocueva desesperado para buscar un quiosco o un bar abierto donde comprar la ración de tabaco que me permitiese matar el mono. Si un depresivo domingo por la tarde siempre segrega algo de minutos de la basura, para un enganchado a la nicotina, ese estéril trance sin tabaco huele a descalabro de Trafalgar. El asfalto mostraba sus fauces desérticas y yo me sentía un poco como una mota de sarro adherida a la gran ciudad. La casualidad estalló. Al girar una esquina me topé con él. Un conocido con quien antaño tuve cierta relación y al que no veía desde hacía, calculando con generosidad, unos quince años. Nos abrazamos sonriendo como hienas, fusionando nuestros respectivos sudorcillos vespertinos. Cuando nos separamos, empleando ese disimulo que, en realidad, nada disimula, radiografiamos, escaneamos y chequeamos, procurando captar todos los detalles, nuestras osamentas mientras mascullábamos lo de «oye, qué bien estás...» Fue una especie de duelo a lo Sergio Leone y nuestros ojos disparaban balas del calibre 45. Le vencí por goleada en la zona abdominal. Su panza quintuplicaba la mía. Ahí le destrocé. Pero en materia capilar me trituró. Sus entradas habían avanzado pero sus sienes eran de plata. Maldito cabrón. Nos despedimos con otro abrazo de sudor y dudas. ¿Quién había vencido? Supongo que empatamos. Pero recuérdenme, por favor, que no se me agote el tabaco un traidor domingo por la tarde.

 

Fotos

Vídeos