Los duelistas

FELIPE BENÍTEZ REYES

Durante el periodo en que Iglesias creyó que podía ganar unas elecciones generales tras arrebatar el grueso de su electorado histórico al PSOE, se servía y se bastaba por sí solo a través de un discurso de redención nacional inminente: plantaría cara al FMI y al Ibex 35, acabaría con la usura bancaria y con la codicia de las inmobiliarias, daría a los catalanes su referéndum, convertiría la prima de riesgo en una pariente lejana, acabaría con el oligopolio de las eléctricas, desterraría de nuestra mente el concepto de «corrupción política» y pondría un candado a las puertas giratorias, entre otras aventuras no menos emocionantes que apremiantes, de modo que la clase obrera pasaría en cuestión de meses de oprimida a regalada. (¿Quién da más?) Muchísima gente decidió comprarle ese discurso, quizá porque resulta difícil no hechizarse ante el mensaje de un mesías, sobre todo si el mesías en cuestión aparece cuando la gente lo que pide es la multiplicación de los panes y los peces. Los buenos mesías, los mesías profesionales, digamos, saben que su éxito está casi garantizado en tiempos de crisis, en parte por la misma razón por la que una persona desahuciada por los oncólogos decide ponerse en manos de un curandero: a falta de milagros, buenos son los malabares.

Ahora, cuando Iglesias ha caído en la cuenta de que es muy probable que nunca gane unas elecciones generales, ha decidido acceder al poder -al de verdad, no al retórico- no por la puerta falsa, porque tanto las urnas como las matemáticas han dado legitimidad a su formación para entrar en un Gobierno, sino por la puerta grande, cuando en cualquier caso le correspondería entrar por la pequeña.

El problema es doble: que a Iglesias no le cabe el ego por una puerta pequeña y que Sánchez, por su parte, está empeñado a darle con la puerta -así sea la pequeña- en las narices. En cualquier caso, debemos elogiar el doloroso esfuerzo psicológico realizado por Iglesias al postularse como vicepresidente de un posible Gobierno de alianzas, teniendo él mimbres para ser no ya presidente, sino incluso emperador. (Algo así, no sé, como haber propuesto a Napoleón Bonaparte que en su destierro en Santa Elena se dedicara a pastorear cabras, o poco menos.)

Sánchez quiere ser presidente a pesar de Iglesias e Iglesias quiere ser vicepresidente a pesar de Sánchez, de manera que resulta probable que ambos se queden sin nada hasta unas nuevas elecciones, sin haberse enterado de que en la última convocatoria electoral mucha gente no les votó desde el fervor, sino con la resignación de quien se conforma con lo menos decepcionante. Pero ¿quién les explica eso a dos gigantes de sí mismos?