EL DRAMA DE LA NARANJA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

González Lizondo ya escenificó en el hemiciclo del Congreso de los diputados la tragedia del sector citrícola con una eficaz representación que décadas después fue copiada por el nacionalista Joan Baldoví (con lo que la izquierda exquisita y la cultureta local se rieron en su momento del desaparecido líder regionalista...). Ahora, ya en campaña, Ciudadanos ha comprado unas toneladas de naranjas para repartir en sus mítines, en una forma tanto de promocionar el consumo de la fruta como de denunciar la situación en la que se encuentran sus productores. Gracias a la movilización de las organizaciones agrarias, a que los precios rozan ya lo patético y a que, en consecuencia, el abandono de cosechas y de campos crece de manera alarmante, el problema de la naranja se ha hecho un hueco en la agenda electoral del 28-A, en un fenómeno que recuerda vagamente a la irrupción de otro gran desafío, el de la «España vaciada», el grito desesperado que lanzan las provincias del interior que se están despoblando a marchas forzadas. Pero cabe plantear la duda de si esta tragedia citrícola, al igual que la demográfica, se puede solucionar con decretos ley desde los despachos del poder o si la raíz del problema es más honda y hay que buscarla en un cambio de costumbres, en una nueva forma de vida que arrincona lo rural, lo reserva como divertimento de fin de semana para los urbanitas y sentencia al campo, a sus gentes y a lo que producen a una segunda división B irremediablemente condenada a la extinción. Lo cual no significa que políticamente haya que dar la batalla por perdida, especialmente cuando de lo que se trata es de combatir una competencia desleal que termina por hundir a un sector ya de por sí perjudicado. Caben todavía muchas medidas de protección y fomento de una actividad que no sólo es productiva en lo económico sino también en lo medioambiental, lo paisajístico y lo identitario. Como tampoco hay por qué arrojar la toalla con esos miles de pequeños pueblos del interior que parecen condenados a desaparecer, pero cuya existencia se puede estirar algunos años, décadas tal vez, si desde la Administración se empieza por garantizar una serie de servicios habituales no ya en las grandes ciudades sino en poblaciones de mediano tamaño. Pero al final, con eso y con todo, con el empeño por parecer más rural y más naranjero que los demás que ahora van a poner sobre el escenario los candidatos políticos, no va a ser suficiente ni para salvar del desierto demográfico a la España vacía ni para evitar que la mayor parte de los cítricos valencianos acabe en el suelo de campos abandonados a su suerte, sin agricultores que los cuiden y esperando una expropiación o una recalificación que les devuelva la alegría.