El dragón decidirá las elecciones

Es curioso que me sienta más seguro arriesgando con el desenlace de una ficción que con el resultado de los comicios

El dragón decidirá las elecciones
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Desde que nos vimos he estado en Barcelona, Bilbao, La Rioja, Gran Canaria, Tenerife, La Palma, Madrid, San Sebastián e Ibiza. Y antes de que acabe la campaña electoral aún tengo que pasar por Alicante, Lugo, Pontevedra, Murcia, Segovia, Salamanca y vuelta a Valencia. Me han suspendido vuelos, he dormido una media de cinco horas por noche, me he visto cara a cara con los independentistas en su guarida de TV3, me he pasado varias veces varios pueblos, me he constipado y he coincidido en un avión, ojo, que no era un Falcón, con Pedro Sánchez y su séquito de dieciseis personas. Le iba a decir cuatro cosas bien dichas al interfecto, pero el comandante para evitar que le molestásemos nos tuvo con la luz de cinturones de seguridad encendida todo el trayecto, por indicación presidencial y pese al cielo azul.

Cuento todo esto para aclarar que la conquista del poder requiere esfuerzos, aunque la verdad sea menos heroica que lo reflejado las películas. Un candidato en campaña, al menos en nuestro país, es un comercial de los de antes vendiendo cepillos crecepelo o elixires contra el dolor de muelas, un tipo ignorado, en el mejor de los casos, al que los niños se acercan a por caramelos, las señoras a por abanicos y los caballeros a por gorras. Conforme los partidos políticos se han ido desideologizando y perdiendo capacidad de representar el interés de alguna clase social, sus dirigentes han ido quedándose sin público. Si uno es libre, ideológica y socialmente, de elegir entre varias candidaturas lo normal es compararlas y no comprometer el voto de antemano con ninguna en concreto. En la política de hoy ya no hay mítines, los sustituyen las riñas de gallos.

En medio de esta carrera contra la autoestima en que consiste pedir el voto por ahí en la España actual, cuando caigo derrumbado en la cama de cualquier hotel, suelo ponerme la famosa serie Juego de Tronos para reconciliarme con la épica. ¿Quién es el Jon Nieve del Partido Popular? ¿Enviamos un campeón al debate con espadas de acero valyrio en Bastión de Tormentas? ¿Son los caminantes blancos y su ejército de no muertos el equivalente a los políticos anteriores al 15-M que quedamos en activo? ¿Conseguirá la Khaleesi Catalá sacar a la pareja de hermanos Lannister del Ayuntamiento de Valencia? ¿Se acerca el invierno si los norteños de derechas nos dividimos? De este modo, me resulta más sencillo entender qué se juega el próximo domingo.

Me atrevo a contar cómo creo que acabará la serie esta noche: decidirá el dragón. Esa es mi apuesta. El dragón elegirá al más Targaryen entre Daenerys y Jon. Es curioso que me sienta más seguro arriesgando con el desenlace de una ficción guerrera que con el resultado de las elecciones. Quizá porque yo estaba en política por la épica, que es de lo que mi corazón entiende, y la política se ha convertido en un folletín.