Aló, doctor

Ya no saben qué hacer para desatascar una Sanidad incapaz de dar respuesta efectiva a las necesidades de los valencianos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hace tres o cuatro años, acudí a mi centro de salud con un enorme catarro que empezaba a agarrarse a la garganta prometiendo una nada feliz faringitis o algo peor. Antes de que eso ocurriera, preferí que me viera un profesional para cortarlo de raíz, en especial, porque los profesores trabajamos con la voz. Cuando entré en la consulta y comenté lo que me sucedía, la respuesta del médico fue «¿y para qué viene usted aquí?», tapándose la boca con una mascarilla. Entendí su incomodidad y me disculpé pero lo que me dijo luego me dejó sin aliento, y no se trataba de un síntoma más de mi afección respiratoria: «¡Haberse tomado lo que tuviera por casa!».

El no acudir al centro de salud en esas condiciones es, ciertamente, una medida de prevención razonable. De hecho, la última vez que estuve en urgencias, al detectarme fiebre, lo primero que hicieron fue ponerme una mascarilla. Es comprensible y por eso valoro tanto a los japoneses que se la ponen no para protegerse de un agente contaminante externo, como solemos pensar cuando lo vemos, sino para proteger a los demás cuando son ellos quienes portan ese agente en forma de virus. De hecho, en alguna ocasión he procurado hacer lo mismo para asombro, inquietud y perplejidad de mi entorno. No estamos acostumbrados a ese gesto. Ver a alguien con mascarilla por la calle nos induce a pensar en terribles enfermedades infecciosas. Tan terribles como una gripe que, posiblemente, paliaríamos si nos acostumbráramos a evitar el contagio de los demás cuando sabemos que la estamos incubando en nuestras células.

Sin embargo, lo que me inquietó de esa visita médica fue la propuesta de tomarme cualquier cosa que tuviera en casa. El galeno dio por hecho que mis conocimientos médicos eran capaces de diagnosticar lo que tenía y escoger en un botiquín doméstico algo ad hoc. Sin duda sé que ante una gripe poco se puede hacer salvo rebajar los síntomas pero mi preocupación -y así se lo dije- era que desembocara en una faringitis, anginas o infección respiratoria aguda. No me veo diferenciando una cosa de otra salvo por el dolor, la incapacidad de tragar o respirar y la fiebre alta. En una palabra, errar en mi diagnóstico casero podía suponer quince días y no cuatro o cinco de baja. En un contexto de automedicación preocupante, esa sugerencia me pareció impropia. Y eso que hubo suerte porque apenas tengo botiquín ni acumulo cajas antiguas. Por eso me preocupa la asistencia sanitaria telefónica que se quiere implantar porque ya no saben qué hacer para desatascar una Sanidad incapaz de dar respuesta efectiva a las necesidades de los valencianos. Por teléfono -en el caso de que no descuelguen y cuelguen, como hacen algunos para evitar saturación- el diagnóstico lo hace quien llama y explica; no quien explora. Si vamos a la virtualidad, yo me pido que me atienda el 'doctor Macizo' de 'Anatomía de Grey'. Por videoconferencia, a ser posible.

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