El disfrute de la ignorancia

JUAN GÓMEZ-JURADO

Verán, con la profesión periodística, sobre todo con su ejercicio, se desarrolla el músculo de la arrogancia. Seguro que no tienen que buscar demasiado lejos para encontrar algún ejemplo, pero voy a hablar solo de mí. De lo que sientes cuando te dejan un huequecito para escribir algo negro sobre blanco, con diecinueve primaveras. Con el paso de los años ese hueco se va haciendo más grande. Se convierte en dobles páginas, en triples... Te dan una columna con foto. Y el músculo de tu arrogancia alcanza el diámetro del bíceps de Arnold Schwarzenegger. Si te han dicho que digas algo, debe ser porque tienes que tener algo que decir.

Julio, uno de mis mejores amigos, es un profe de educación física que sabe muchísimo sobre su área, le han invitado a dar conferencias por varios países. Yo sé un quintal sobre construcción de historias -me va el jornal que me pagan los lectores de mis novelas en ello-. Así que cuando Julio me dice cómo tengo que hacer flexiones, yo me callo como el zote que soy. Yo a él no le digo cómo establecer empatía a través del punto de vista en una escena de acción, porque le importa tres carajos.

Todos sabemos, claro, algo.

Pero, ay. Cuando te ponen delante una columna con foto, o un micrófono con cargo, o una cuenta de Twitter con miles de seguidores, el músculo de la arrogancia se activa. Y de pronto ese algo se convierte en todo. Tres datos mal hilvanados y un titular entrecomillado que recuerdas haber leído por encima, se convierte en ciencia. Lo pasas todo por el filtro de la política, a ser posible algo insultante contra los de la otra acera ideológica, que siempre queda bien con las huestes. Redactas el artículo, grabas el vídeo para Twitter, das un codazo en la tertulia para meter cuchara. Y proclamas tu sacrosanta opinión. Tan válida como la del pescadero o el aparejador. Casi siempre poco pensada, porque corre prisa y hay que ganar followers, likes y ser trending topic. Mil veces más dañina, y por tanto relevante por las razones equivocadas. Sobre todo que alguien menos listo que uno -que siempre lo hay- repetirá esa opinión en voz alta. Otros la criticarán con fundamento, pero a esos los desactivamos fácil reduciéndolos a un adjetivo: fachas, señoros, mermados, perroflautas. Según corresponda.

Yo he encontrado dentro de mí una hermosa revelación. La alegría de la ignorancia. Cuanto más ignorante me descubro en muchos temas -incluso en aquellos, pocos, en los que soy un experto-, más feliz, más liberado me siento. Cuando descubres que no tienes que tener una opinión inmediata y categórica sobre todo, y mucho menos la obligación de expresarla, la vida se convierte en un maravilloso disfrute, que espero que empiecen a compartir pronto muchos compañeros y compañeras.