El discuro cursi

En Valencia hemos vuelto a hábitos del siglo XVII. Los largos nombres de consejerías y direcciones generales

CÉSAR GAVELA

El gobierno del Botánico puso en marcha en 2015 muchas novedades más bien hueras, pero muy ruidosas. Entre todas ellas, y dejando aparte la desaparición del idioma castellano en los rótulos de los edificios públicos que dependen del Consell, destacó la novedad de crear consejerías cuyos nombres eran largas retahílas. Una decisión en la que persevera el ejecutivo del Botánico 2, que ha elegido para la mayoría de sus departamentos denominaciones muy extensas, que tratan de abarcar la totalidad de sus funciones. Pensemos, así, en la Consejería de Innovación, Universidades, Ciencia y Sociedad Digital. O en la de Participación, Transparencia, Cooperación y Calidad Democrática. O en la de Agricultura, Desarrollo Rural, Emergencia Climática y Transición Ecológica. O en la de Economía Sostenible, Sectores Productivos, Comercio y Trabajo. Un ejercicio donde lo cursi alcanza cotas nunca vistas en la política valenciana.

Pero no queda ahí la tendencia al floripondio. Se trata de un vicio que va de arriba abajo. Y que se extiende a la descomunal nómina de direcciones generales, que en muchísimos casos poseen nombres igualmente abrumadores y cansinos. Nombres en exceso detallados, propios de remotos tiempos, denominaciones que tanto recuerdan a los rotundos títulos que caracterizan a las cofradías de Semana Santa, no solo a las andaluzas, y tan aficionadas todas a ese mundo verbal barroco.

En Valencia hemos vuelto a esos hábitos del siglo XVII. Los largos nombres de las consejerías y direcciones generales, también de otros entes de derecho público y empresas anejas, configuran un gigantesco organigrama que recuerda las complejísimas cúpulas del comunismo cuando existía la Unión Soviética. Con sus presidíums de sus comités centrales, sus burós inefables, sus viceministerios interminables, y su prosa estalinista y churrigueresca a un tiempo. Y es que hay una parte de la izquierda, sin duda la más radical, que goza mucho en medio de esta feria de nombres pretenciosos y ridículos. Que acaban siendo una cortina de ruido y pompa para esconder lo que realmente importa: colocar a infinidad de militantes en los muchos nuevos puestos que se han creado, para solaz de chicos y chicas que pasan, directamente, de ser becarios a ganar sueldos de sesenta mil euros al año. ¡Viva la política! Por último, no debemos olvidar otro vicio que va anejo a este exceso de populismo barato que subyace en la parafernalia enunciativa que padecemos. Me refiero a la coletilla que pone fin a todo discurso, documento, norma, decreto, aviso, comunicación o lo que fuere que proceda del poder autonómico: esos adjetivos mágicos que ya son un clásico de la verborrea pública nacionalista y de la izquierda, y que dictaminan que todo ha de ser inclusivo, transversal, progresista, solidario, etc. Mucho ruido, mucho rótulo, muchos sueldos y no tantas nueces.