En Dios

A quien se ofende es al prójimo, aunque los creyentes lo vivan como una ofensa divina

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Algunos creen que no pueden emporcarse en lo que les venga en gana, pero no es del todo exacto. Pueden hacerlo en lo que quieran: en Dios, el Diablo o la sota de bastos. Cosa distinta es que, al hacerlo, hieran gratuitamente a los demás y el Derecho vele por que esa herida no se produzca. Ya sé que decir eso cuando se trata de sentimientos religiosos supone recibir todo tipo de justificaciones acerca de la estupidez propia del creyente que avala su descrédito público y, por consiguiente, le exime del mismo respeto que merecen los demás ciudadanos. Podemos plantearnos si es conveniente o no mantener como delito la ofensa a los sentimientos religiosos e incluso lo inadecuado de perseguir a quien manifiesta en público su rechazo a cualquier tipo de creencia sobrenatural pero estaremos de acuerdo en que el debate no se produce en esos términos ni se relaciona con todas las creencias.

Es cierto que nadie debe rasgarse las vestiduras por plantear la revisión del mal llamado delito de blasfemia. Es una herencia de otros tiempos cuando lo que se afeaba era el comportamiento de quien ofendía «a Dios». En la actualidad, el problema no es de Dios sino de los hombres. A quien se ofende es al prójimo, aunque los creyentes lo vivan como una ofensa divina. Por eso no es irrelevante que el Derecho proteja el respeto que una convivencia armónica necesita. La cuestión es, como en otros asuntos, dónde fijamos los límites del respeto y la persecución de las actitudes que lo menoscaban. Quien cree en Dios debe asumir la crítica por su opción, como lo hace quien cree en la homeopatía, en la vida extraterrestre o en las conspiraciones internacionales pero ciertamente la fe es algo que toca la esfera más íntima de la persona. No es una cuestión de opiniones o de posiciones coyunturales, por eso tiene una protección mayor. Ahora bien, suprimir esa protección mientras se exige para otros asuntos no deja de ser socialmente incoherente. Cada día vemos cómo la mera crítica de un colectivo -incluso sin mofa- provoca reacciones airadas y durísimas peticiones de reparación, sean quienes sean los afectados. Un anuncio que ridiculiza a un grupo; un chiste que refuerza un estereotipo incómodo o una opinión que señala a un determinado sector son motivos más que suficientes para que los implicados levanten la mano y exijan respeto. Sin embargo, al mismo tiempo, se le espeta al creyente que debe aguantar la ofensa porque la culpa es suya, por creer en seres imaginarios. Por supuesto que se puede eximir a Willy Toledo, suprimir el delito del Código Penal y aceptar que se cisquen en Déu y el Micalet de la Seu pero la pregunta de fondo es a qué responde esa necesidad de ofender que recuerda más a la irreverencia del niño cuando aprende palabrotas que a un ejercicio maduro de libertad. Atacamos lo sagrado pero sacralizamos las opiniones más que nunca. Las políticamente correctas; eso es lo malo.

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