Diez años del fin de un mundo

El bajón de nuestro poder adquisitivo en una década solo es comparable a la pérdida de calidad en la vida pública

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Cuando se cumplen diez años de la quiebra de Lehman Brothers, del inicio de la crisis económica más grave de nuestras vidas, me pregunto por los cambios que la economía, la política, la sociedad toda, ha experimentado como consecuencia. Es pretencioso por demás, pero parece razonable preguntar si hemos aprendido algo, si somos más cautelosos a la hora de invertir, si hay más controles en los mercados, mejores avisos en las hipotecas, otra actitud en la vida, la cultura y la política.

Diez años dan para mucho. Con la euforia de la Copa América en el cuerpo, ¿cómo imaginar que Bancaja se hundiría, el Banco de Valencia acabaría en manos de la Caixa y que esta entidad, luego, habría de abandonar su Barcelona natural para ubicar su sede oficial en la calle de las Barcas? Ni el fantasioso más delirante fue capaz de anticipar un cataclismo así.

Tenemos coches más modestos, quizá. Y seguramente hemos aprendido a no embarcarnos en tres pisos o en una hipoteca para la primera comunión de la nena. Manejamos al fin lo de las prima de riesgo y sabemos distinguir entre un Zapatero ciego que tuvo que ser avisado por Obama y un Rajoy soso que sacó a España del borde del abismo. Había miles y miles de parados y conocimos la palabra austeridad. Hubo recortes aplicados sin piedad y miles de familias con parados aprendieron a vivir de la pensión del abuelo. Entonces dos viejos se pusieron a escribir, seguramente sin saber que iban a cambiar el mundo. Uno, Hessel, excitaba a los jóvenes a protestar y rebelarse como habían hecho sus padres en Mayo del 68; el otro, Bauman, creó una guía moral destinada a explicar nuestras angustias en un mundo que se caracteriza por la incertidumbre y el cambio.

Con '¡Indignaos!' y 'Tiempos líquidos' en las manos de un par de generaciones heridas por la crisis, el mundo comenzó a experimentar sutiles modificaciones. Cientos de estudiantes sin horizonte, y de 'yayoflautas', se lanzaron a las calles. Y nació Podemos, hijo de doña Indignación y de don Oportunismo, fruto nítido de un tiempo en que la política ya no iba a ser dogmática ni tendría sólidos principios, porque se iba a adaptar a las conveniencias del mercado.

Populismo, radicalismo, mercantilismo electoral. Digitalización y tuiterización de la política: el bajón de nuestro poder adquisitivo solo es comparable al de la vida pública. Trabajos precarios y sueldos bajos se traducen en exigencias mucho menores para acceder a altas responsabilidades. El descenso de calidad ha sido notorio en todos los ámbitos, Universidad incluida. Pero es obvio que los mejores han huido de la política.

Y cientos de jóvenes, antes de emigrar, entretuvieron sus ocios haciendo prácticas, másters, cursos de doctorado y otras mandangas. En algunas universidades innecesarias, carotas con ansias de medrar inventaron trajes a la medida y títulos prét-à-porter; son los que ahora devuelve el mar, en un reflujo que parece de vómito.

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