Días contados

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Lo que durante mi infancia era una virtud hoy huele a extravagancia. Conservar los artefactos superado un determinado tiempo te otorga medalla de tipo raro. Los amigos que acuden hasta la palocueva se indignan ante mi televisor. Que si tengo que cambiarlo, que si no me entero, que si es una cochambre. Conste que es de pantalla plana y que funciona perfectamente, pero...¡no es inteligente! ¿Y para qué quiero yo una tele inteligente si abundan los programas tontos? Aprecio la inteligencia en mis amistades, no la de los televisores. Pues nada, que soy un rarito de cojones.

Conservo la estrafalaria manía de reponer los chismes cuando se estropean (nevera, lavadora...) y la ropa cuando se rompe. Permanezco ajeno a las modas y a los nuevos diseños que tanto placen a tanta gente. Les respeto, por supuesto, pero a mí me importa un bledo. También asumo que soy la vergüenza del automovilismo. Mi coche tiene 8 años y acabo de superar los 26.000 kilómetros. Es diésel, pero con lo poco que lo uso sospecho que el coche oficial de cualquier politicastro, de gasolina, contamina más que el mío. Pensaba, en mi inocencia, que, con suerte, ese vehículo, un Jeep molón que jamás ha pisado el monte y al cual me gustaría añadirle barro seco de atrezzo en los laterales para darle tono aguerrido, me acompañaría el resto de mi vida. Esta perspectiva me ilusionaba. Pero un día te levantas bajo el mensaje siniestro de la ministra del ramo, ese «los diésel tienen los días contados...», y deduces que te fundirán. ¿Me van a indemnizar? ¿Me lo cambiarán por otro carro de gasolina? Me temo que no. De todas formas a los que van a fastidiar de verdad es al colectivo de repartidores furgoneteros, taxistas y tal y tal que se ganan la vida con sus vehículos. De nuevo, esta izquierda gallarda, fastidia a los currantes. Enhorabuena.

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