Despidos

En la nueva temporada se despacha gente sin miramiento alguno: habrá que pensar cómo meter cabeza en la Telefónica

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

A un colega que yo me sé, la nueva temporada le ha sorprendido con una novedad desagradable:

- Estás despedido...

La economía española está copiando los malos, los pésimos usos de la que estamos acostumbrados a ver en las películas americanas: a uno, ahora, parece que lo despiden de sopetón, abruptamente, sin dejarle entrar a la oficina salvo para poner sus lápices y el retrato de los críos en una caja de cartón. La vieja obligación de los preavisos de quince días se ha olvidado. O no tiene vigencia para los que viven -qué mal asunto- sobre la fragilidad de un contrato temporal.

- Recoge tus cosas y no vuelvas mañana.

Ha sido el caso, por lo que se ve, de un profesional del fútbol, Marcelino García Toral, tratado por su patrón como uno más de Singapur, como los cientos y miles de hombres y mujeres que este verano han dado el callo para que la escenografía del turismo despachara miles de paellas y un sinfín de anillos de calamar. Terminado el ciclo, acabado el verano, los autores del milagro ya no son necesarios y son despedidos sin contemplaciones. Hay que desmontar las terrazas y sus avances precarios; hay que despedir gente. Y ya no hace falta mantener las instalaciones que -ahora lo sabemos, aunque antes se calló- impedían que la porquería de las acequias-alcantarilla terminaran contaminando de aguas fecales nuestras playas. Con este oleaje de otoño, con este temporal, la porquería se diluye; de modo que queda claro que a los ecologistas del poder no les interesa que el mar esté limpio, sino que la prensa deje de airear el hecho evidente de una red de acequias que reciben porquería urbana.

Despedir, dar la cara al cesante, debe ser duro. Y hay quien no hace otra cosa cada día, se dedica por profesión al trabajo de despachar gente. A veces hay que escuchar los lamentos del nuevo parado, sus inútiles pretextos sobre la mujer y los hijos que esperan el jornal. El capitalismo se nos ha hecho de acero inoxidable y corta como un bisturí, por lo sano, en cuanto el Ivex se resiente, Wall Street tiene gases o los políticos pasan más de dos meses sin llegar a un acuerdo para gobernar.

- Lo siente, Pedro y Pablo no se hablan, lo del Inserso no cuaja y va a haber nuevas elecciones: estás despedido...

- ¿Y yo qué culpa tengo?

Si eres temporal, si eres un trabajador de una empresa corriente, lo tienes negro. De modo que la lección que los niños sacan es muy clara: hay que ser funcionario. O trabajar en la Telefónica, donde un día puede venir alguien a regalarte el chollo de una asombrosa jubilación a los 53 años. La cultura contemporánea, así, se va cifrando en unos ideales perversos, nocivos por adocenados. Debes aspirar a trabajar para el Estado o para Telefónica; y como alternativa, jugar al Gordo de la Primitiva.