Desobediencia

La norma, se dice, es un consenso humano en el ámbito democrático y una disposición unilateral en la dictadura

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La negativa a cumplir las leyes en razón de principios morales o religiosos no es algo nuevo. Cuentan las crónicas que, por algo así, persiguieron a los cristianos Domiciano o Nerón aunque en la decisión también tuvieran mucho que ver la estrategia y la propaganda. La desobediencia en casos como esos se justifica por la existencia de un imperativo más alto que la ley que nace de Dios o de lo más íntimo del ser humano. La norma, se dice, es un consenso humano en el ámbito democrático y una disposición unilateral en la dictadura, en cambio el imperativo categórico, que diría Kant, es interior y responde a principios universales que no se pliegan a modas o convenciones. A ello han apelado durante milenios creyentes o activistas de diversas causas, dispuestos a no ceder a pesar de todas las amenazas contra su integridad, sus bienes o su calidad de vida. En esa línea se manifestaban quienes, en los ochenta, desertaban de la mili, los insumisos, o los médicos que se negaban a practicar abortos y farmacéuticos, a vender píldoras del día después.

Así pues no debería extrañarnos escuchar a activistas por el cuidado del medio ambiente hablar de desobediencia. Su convicción de la emergencia climática les exige acciones contundentes y comportamientos extremos aún a riesgo de ser detenidos, desalojados, encausados o golpeados en una manifestación. Es lo sucedido estos días en varias capitales del mundo, como Madrid, donde simpatizantes de Extinction Rebellion y 2020 Rebelión por el Clima han acampado, han cortado carreteras y no han cedido hasta reunirse con la ministra de Transición Ecológica. Al levantar el campamento, su declaración fue clarificadora: «siempre que sea necesario, desobediencia» ante la falta de respuesta política de los dirigentes en relación al deterioro medioambiental.

El problema es qué desobediencia es aceptable. Nos parece razonable que un pacifista no quiera adiestrarse en la vida militar ni en el uso de armas que no va a emplear. Sin embargo, el planteamiento insumiso triunfó porque los vientos de modernidad estaban trayendo profesionales y no levas forzosas para nutrir el ejército en nuestro país. La causa ecologista despierta también simpatías por lo idealista, bucólica y benefactora, pero sobre todo porque apenas notamos su desobediencia. En cambio hay otras que atentan contra todo el sistema y que rechazamos de plano. Poner patas arriba el Estado como han hecho los acusados del 'procés' es una desobediencia que el mismo Estado no puede permitir porque acabaría con él. Son límites que no se toleran aunque para los soberanistas desobedecer sea un acto justo que afecta a sus principios más íntimos, no exentos de cálculo y beneficio. La diferencia radica en la posibilidad de proteger esos principios por vías legales. Si la hay, nada justifica desobedecer la ley, antes bien, lo razonable es acogerse a ella para cambiar el estado de cosas.