Los desatinos de la política cultural

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Uno de los mayores sinsabores que vivió el sector cultural en Valencia durante la pasada legislatura fue la gestión de la concejalía de Acción Cultural, que se encargaba, entre otros asuntos, de los espacios teatrales dependientes del Ayuntamiento y de todo lo que tenía que ver con las artes escénicas en la ciudad. La labor acometida por Valencia en Comú ha recibido críticas por parte de agentes diversos durante los últimos cuatro años (algunos en voz más alta que otros, eso sí). La última -ahora que ya se sabe que este partido no tendrá representación en el próximo consistorio- ha llegado por parte de las salas privadas, que piden que se les tenga en cuenta, que se les conceda el protagonismo que merecen, y que se realice una apuesta clara para colaborar con ellas.

Reconocen en ese comunicado que han mantenido «una resistencia silenciosa» en estos años, lo cual ha servido de poco. La reprobación y el examen a cualquier gobierno son necesarios, por más que se comulgue con su ideología. Los que mandan han de sentirse presionados no solamente por los que no les votaron sino también por los que lo hicieron, por aquellos que depositaron sus votos con el fin de que desarrollasen determinadas políticas. Los votos no son cartas en blanco. A ver si de esta aprendemos la importancia de ejercer como masa crítica.

Bien es cierto que los que afearon conductas y reprocharon algunas decisiones no salieron bien parados. Estos nuevos políticos, lejos de tomar nota de las quejas y considerarlas legítimas y constructivas, cargaron contra quienes les señalaban. En eso no se diferenciaban de los responsables de épocas pretéritas. Pero no se trata ahora de hacer leña del árbol caído, sino de encarar el futuro sin perder de vista los errores del pasado.

Para ello habría que intentar no repetir desatinos anteriores. Uno de ellos es el reparto chapucero que se hizo en el último gobierno con las competencias culturales, con hasta tres concejalías -no bien avenidas entre ellas- implicadas en el reparto de tareas. Mientras una se encargaba del Palau de la Música, otra lo hacía de los escenarios municipales y una más de la promoción cinematográfica, con convocatorias de ayudas cada una por su lado. Tal vez no sea preciso que un solo departamento se ocupe de todas las áreas, pero sí que la relación entre ellas sea estrecha.

Y luego -aunque esto no debería ser preciso decirlo- es muy importante que quienes se pongan al frente escuchen a los que llevan dedicándose a la cultura desde hace años en Valencia, a los que han emprendido y defendido proyectos con vocación pública, a los que han ocupado parcelas que estaban completamente desatendidas en la ciudad, a los que fidelizan espectadores. Solo de esa manera se podrán arreglar desaguisados como los acontecidos esta legislatura, que ha terminado con un sector que se declara huérfano y con dos espacios culturales, como son Las Naves y El Musical, sin un rumbo claro.