Desafío total

Ahora el doctor Estrada nos dice que habrá vida después de la muerte... aquí en la Tierra

VICENTE GARRIDO

Perplejo me quedé al leer que en Ribarroja una empresa valenciana va a abrir la primera instalación de Europa de criopreservación. En el estupendo reportaje de Susana Zamora para este periódico, se explicaba así Albert Estrada, el director médico de la empresa (de nombre Cecryon): «Tenemos suficientes argumentos para pensar que las personas criopreservadas podrán ser recuperadas algún día. El principal, la evolución científica y tecnológica (...) Nuestro compromiso es recuperar a los pacientes cuando la viabilidad de la técnica médica sea tal que puedan reincorporarse a la vida en pleno buen estado de salud».

De pronto, me veo inmerso en una historia de Ray Bradbury o Philip K. Dick... En el supuesto de que realmente algún día la ciencia pueda resucitarme, ¿seré el mismo individuo al volver a la vida que cuando fallecí? Para Estrada la respuesta en un rotundo sí: conservaré toda mi memoria. Ya, pero... ¿cómo estar seguros de esto? Es claro que la empresa ha de vender su producto: por 200.000 euros me mantendrán congelado sine die en espera de que el procedimiento sea viable. Sin embargo, lo cierto es que hoy en día no hemos sido capaces de saber dónde está nuestra conciencia dentro de la mente. ¿Cuál es el órgano que se encarga de albergar nuestra identidad? ¿O es más bien un producto del funcionamiento armónico de todo el cerebro el que posibilita que uno se reconozca como 'alguien' (mi yo) a lo largo de toda la vida?

Frente a esta incógnita mayúscula, las palabras del doctor Estrada me parecen optimistas. El proceso de conservación es ciertamente complejo, hay que actuar con rapidez, como él explica, «para evitar que se formen coágulos que obstruyan el árbol vascular e impidan que se pueda administrar las sustancias crioprotectoras». Así pues, ¿seré «yo» el que resucite, si todo va bien? ¿Cómo asegurar que el milagro de la conciencia/identidad permanezca en el cuerpo devuelto a la vida después de muerto? Los desafíos son descomunales, pero la ciencia no acostumbra a achantarse.

Además, está el problema de quién va a estar ahí cuando yo despierte. ¿Habrán muerto ya mis hijos? Por supuesto, mis amigos y colegas habrán fallecido, también mis enemigos (un consuelo), e incluso el propio doctor Estrada, ¿seguirá con vida? ¿Seguirá existiendo la empresa, o quizás una crisis la llevó a la bancarrota, y ahora estaré metido en mi ataúd criogénico en algún almacén olvidado? Si muero con ochenta años, ¿seré capaz de adaptarme a la nueva realidad? Comprendo a los dos clientes que, asegura Cecryon, ya se han apuntado a volver a la vida cuando sea posible. Todos queremos vivir. El ser humano es el único que tiene conciencia de que va a morir. La conciencia es su bendición, pero lleva en sí la puerta a la mayor de las angustias. Ahora el doctor Estrada nos dice que habrá vida después de la muerte... aquí en la Tierra.

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