Desacralizar la familia

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

A algunos de nuestros políticos se les suele llenar la boca hablando de las familias, como si este fuese un ente único al que una sola persona pudiera dirigirse y representar por sí misma. Para sacar adelante normas que solo ellos quieren se parapetan tras un término cada vez más ambiguo y más difícil de definir. Y sobre todo hoy en día en que el modelo familiar ha evolucionado en diferentes direcciones y ha sufrido múltiples transformaciones. Todo ello complica eso de que una única figura se manifieste como adalid de un grupo tan amplio y variado.

Por otro lado ya va siendo hora de dejar de tratar a las familias como instituciones inamovibles e irrebatibles, que nadie se atreva a atacar o poner en duda. Es momento de desacralizarlas y valorarlas en su justa medida cuando lo merezcan. Hemos escuchado muchas veces -y repetido casi por inercia- aquello de que la familia de uno es lo que nunca te fallará. Y que está por encima del bien y del mal. Y que cuando todo lo demás se hunda eso prevalecerá ahí. Y que sirve para otorgar fuerzas cuando no se encuentra de dónde sacarlas. Todo eso está muy bien siempre y cuando la familia de cada cual sume, aporte, esté a la altura.

Porque de lo contrario la familia parece una condena, algo a lo que agarrarse por obligación, la única salida que queda cuando las circunstancias se empañan.

La familia puede llenar, enriquecer, aconsejar, asesorar, mimar y proteger. Sí, todo eso. Y eso es un lujo. Pero el caso opuesto también existe. A veces resulta nociva, tóxica y asfixiante. Y en esa tesitura habría que andarse con cuidado con el mensaje que lanzamos. No vaya a ser que más de uno o dos aguanten lo indecible creyendo que eso es lo que les ha tocado y no hay alternativas. La familia a veces es un punto de partida, nada más. Y una vez superado ese trámite no quedan otras opciones que olvidarla y pasar página.

No todas las familias son buenas o indiscutibles. Confesémoslo. Algunas anulan, ahogan y coartan. O no cumplen la función de cobijo, que suele ser de las más importantes. Y si no que se lo pregunten a ese joven de 16 años que tuvo que ser auxiliado hace unos días después de recibir una paliza por ser homosexual a manos de sus padres, esos que aseguraron que preferían verlo muerto a asumir su condición sexual, esos que no mostraron ninguna clase de arrepentimiento por atacarle de una manera salvaje. La policía tuvo que rescatar al menor de su propia casa y las autoridades creen que no era la primera vez que sufría agresiones Ante esa tesitura no queda otra que soltar lastre, avanzar por otros caminos y dejar atrás a un clan que seguramente nunca te hará la vida más fácil, más feliz, más segura.