EL DEPORTE TOCA LAS EMOCIONES

EL DEPORTE TOCA LAS EMOCIONES

Laureus propone diez historias de diferente corte para elegir el momento más emotivo del año

FERNANDO MIÑANA

El mexicano Gilberto Martínez quería cumplir el sueño de su hijo Diego, de ocho años, un fanático del fútbol y seguidor del Barça. Por eso compró, meses antes del Mundial de fútbol de Rusia, las entradas para presenciar con su familia -el pequeño Diego, su hermana, Mía, y su madre, Vero- los partidos de México. No podía imaginarse lo que iba a pasar. Un trágico accidente de tráfico se cobró la vida de los tres en abril y dejó a Gilberto solo y destrozado.

El psicólogo de este aficionado mexicano le aconsejó hacer el viaje que había preparado. Gilberto aceptó su recomendación. Guillermo Ochoa, el portero de la selección, se enteró de la historia y le escribió antes del Mundial. En uno de los mensajes, le puso: «Son los ángeles que me ayudarán a volar».

Gilberto viajó a la otra punta del mundo con dos amigos, las camisetas con los nombres de sus familiares y se colgó del cuello las entradas al entrar al estadio. México derrotó a Alemania y Ochoa, tras el partido, llamó a Gilberto para dedicarle el triunfo, regalarle los guantes y una camiseta firmada por todos los jugadores. Días después, Neymar, a quien tanto admiraba Diego, también le envió un vídeo cargado de cariño y palabras de ánimo para este padre desolado.

La historia, sobrecogedora, es una de las diez que propone Laureus para resultar elegida como el momento más emocionante del año. Todas tienen su punto. Escenas sensibles que resaltan diferentes valores: la amistad, la entereza ante la enfermedad de un familiar, el simbolismo ante un país entero... En la página web mylaureus.com hay un vídeo que resume las diez propuestas y la posibilidad de votar una de ellas.

Una de las que más me ha llamado la atención es la que provocó que la BBC interrumpiera la retransmisión radiofónica de un partido de críquet entre Inglaterra e India para que el locutor, Jonathan Agnew, leyera la carta de un aficionado, Patrick Taylor, en la que establecía una analogía con el críquet para contar la historia de su padre, John, farmacéutico y deportista, que peleó «tercamente» para llegar a los 83 años a pesar de sufrir diferentes enfermedades.

John Taylor solo cedió ante la demencia. El jueves 9 de agosto ingresó en Urgencias con una grave infección. El viernes le comunicaron a la familia que no le quedaban más que uno o dos días de vida y que era muy probable que no volviera a recuperar la consciencia.

Patrick acudió el sábado al hospital, junto a su mujer, para ver, quizá por última vez, a su padre. Ya en la habitación, su esposa le propuso poner un partido de críquet en el móvil. A los cinco minutos, John abrió los ojos, consciente y reconociéndoles con claridad. El padre le comunicó a su hijo que estaba bien, que se sentía en paz. Patrick correspondió diciéndole que le quería mucho y que había sido un padre maravilloso. El hombre, adusto, contuvo sus emociones y pidió seguir viendo el partido. John Taylor murió justo después de que Inglaterra sellara el triunfo.

No todas están tiznadas por el drama. Una de las opciones es votar a Siya Kolisi, el primer negro elegido capitán de la selección sudafricana de rugby, el deporte que vuelve a servir para unir a un país tan dividido. Kolisi juega con el 6, que no es un número cualquiera sino el mismo que lució Nelson Mandela el día que saltó al campo para entregarle a Pienaar, el capitán de los Springboks en aquella Copa del Mundo del 95, el trofeo de campeón.

La que más me sorprendió, quizás, sea la historia de Paul Guest y Edwin Vermetten, la pareja de dobles en el torneo de tenis con silla de ruedas de los Invictus Games, una especie de Juegos para veteranos de guerra. Durante un partido de esta pareja, un helicóptero sobrevoló por encima de la cancha del Sydney Olympic Park Tennis Center. El sonido de las aspas rotando en el aire llegó a Paul, que sufre un transtorno de estrés postraumático y le sobrevienen imágenes desagradables del campo de batalla, y sufrió una crisis repentina. Paul, lesionado en servicio en 1987, que había intentado suicidarse varias veces, era incapaz de seguir jugando.

Su compañero se acercó rápidamente, le pasó la mano por la nunca y, mirándole fijamente a los ojos le pidió que cantara una canción de la película 'Frozen, 'Let it go' (Déjalo ir). Paul dejó ir su angustia, cogió la raqueta y junto a Edwin logró ganar en el desempate del tercer set. El deporte es pura emoción.