EL DEMONIO DE LAS ARMAS

RAMÓN PALOMAR

Aquellas series B de blanco y negro brindaban obras maestras pese a la economía de medios. 'El demonio de las armas' ('Gun crazy'), dirigida por Joseph H. Lewis, nos mostraba una pareja perdedora entregada al amor loco y a las armas. Aquellos amantes estaban atrapados por la irresistible fascinación de las pistolas. La película sorprende por su tono poético, moderno, sobrio. Años más tarde 'Bonnie and Clyde' arrasó en la taquilla, pero 'El demonio de las armas' llegó primero y los buenos aficionados al género saben que es un prodigio insuperable. Buñuel disfrutó muchos años bajo el influjo de las armas. Poseía una colección notable. Un día se cansó y la vendió. Peckimpah y Huston tampoco le hacían ascos a lo de darle gusto al gatillo. Pero jamás se liaron a tiros por ahí para cargarse al prójimo. En USA parece que una parte de la población vive obsesionada con las armas y esto nos pasma a los de la vieja Europa. Empuñando el Winchester masacraron a los nativos, los legítimos propietarios, y exterminaron las infinitas manadas de búfalos. La conquista del oeste se forjó a golpe de Colt y Billy el Niño, Jesse James o Pat Garret forman parte de su folclore. Trump pretende armar a los profesores para evitar las matanzas que se repiten en los centros educativos. Esta idea tan peregrina y peligrosa nos espanta porque Donald, tan bravucón, tan delirante, aplica cirugía propia de duelo en el OK Corral, otro mito yanqui de sangre y fuego. Si esa es su solución la espiral viciosa de muerte aumentará y tampoco me imagino a ese probo profesor de Física con el revolver al cinto como si fuese Wyatt Earp. La merluzada de Trump asusta. Sería fácil reforzar el control para impedir que los rifles se vendan con regaliz. Pero no hay manera. Trump desconoce el final de 'El demonio de las armas'. Y no es bueno.

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