El Parlamento británico ha vuelto a votar no al Acuerdo de Retirada del Reino Unido de la UE, concluido por su propio Gobierno con los negociadores de la UE en noviembre pasado. Bueno, ¿votó no al Acuerdo de Retirada, o a qué? La verdad es que la situación está muy confusa, porque, no es ya sólo que los ciudadanos británicos no sepan qué es lo que está ocurriendo en el Parlamento, sino que da la sensación de que son los propios parlamentarios británicos los que no saben lo que están haciendo.

Todo empezó, efectivamente, en noviembre pasado, cuando los negociadores británicos y europeos concluyeron, tras 18 largos meses de negociación, un Acuerdo de Retirada del Reino Unido de la UE y una Declaración Política sobre las relaciones futuras entre la UE y el Reino Unido. El Acuerdo de Retirada, por así decirlo, es el acuerdo de divorcio entre las dos partes y, como todo buen acuerdo de divorcio, incluye cláusulas sobre los niños -en realidad, los derechos de los ciudadanos europeos y británicos tras la separación-, sobre los bienes de la pareja -los negocios y las empresas- y, como no, sobre las compensaciones económicas. Y, como se trata de una pareja en la que ambos quieren permanecer como amigos tras la ruptura, firmaron también un documento en el que hicieron constar cuáles era sus intenciones para organizar sus relaciones futuras: la Declaración Política. Documento éste que, claro es, no tiene el mismo valor contractual que el Acuerdo de Retirada porque el Reino Unido aún no se ha ido de la UE y, por lo tanto, la UE no puede negociar un tratado con uno de sus propios Estados miembros antes de que ese Estado haya abandonado la Unión.

Pero, todo el entramado se vino abajo cuando el Parlamento británico, dividido hasta en sus costuras, votó en contra del acuerdo. Y en el voto negativo se encontraron, en el lado conservador progubernamental, tanto los sectores radicales eurófobos, que simplemente quieren irse de la UE dando un portazo, como los sectores euroescépticos que se oponen a algunas de las previsiones del acuerdo, por entender que son perjudiciales para el Reino Unido, y también los unionistas ultraconservadores y protestantes de Irlanda del Norte -que hoy apoyan a Theresa May- a quienes les hace muy poca gracia la situación actual de práctica unión con la católica República de Irlanda y, desde luego, les hace menos gracia aún que esta situación se pueda mantener de manera indefinida en el futuro, tras la salida del Reino Unido. Y en el sector de la oposición, el voto negativo de los viejos laboristas, euroescépticos y anticapitalistas -incluido el secretario general Corbyn, que, en sus años de juventud, se opuso al ingreso del Reino Unido en las entonces Comunidades Europeas-, a quienes les molesta cualquier cosa que huela a UE, se unió al de los jóvenes europeístas que no quieren salir de la Unión y prefieren que haya un segundo referéndum, y, desde luego, también los nacionalistas escoceses, que son declaradamente europeístas y no quieren salir de la UE.

Fue la tormenta perfecta: intereses e ideologías bien diferentes y contradictorios, se unieron para hundir un acuerdo que, la verdad sea dicha, no estaba nada mal y obtenía el mejor resultado posible de un hecho que es malo en sí mismo, como es la salida de la UE del Reino Unido. Pero, siendo así las cosas, es igualmente cierto que la señora May, con toda arrogancia, se empeñó en navegar ella sola por esas aguas procelosas y, no sólo no se molestó en negociar o buscar cualquier tipo de apoyo en la oposición, sino que ignoró a los sectores disidentes de su propio partido, hasta tal punto que, en varias fases del proceso, negoció ella sola con la UE -con el respaldo exclusivo de sus asistentes más cercanos-, a espaldas y en contra de la opinión de quienes habían sido nombrados por ella misma como los negociadores jefes del equipo británico. (A lo largo de estos meses, mientras que el equipo negociador europeo se mantuvo sólido y coherente en sus planteamientos, bajo el liderazgo inteligente de Michel Barnier, el equipo británico fue débil y errático, y ha tenido tres negociadores jefes, David Davis, Dominique Raab y Stephen Barclay, dado que los dos primeros presentaron su dimisión por discrepancias con la señora May).

Y, si errática e inconsistente ha sido la actuación de la señora May, más o menos lo mismo podría decirse del Parlamento británico. Claro que, aquí quizá debiéramos ser menos duros en la crítica, por cuanto nos encontramos con unos procedimientos y unas prácticas parlamentarias que son arcaicas pero que, quizá por eso mismo, son más auténticas y democráticas. Así, la Cámara e los Comunes, desde enero de este año, ha votado sobre esta cuestión en seis ocasiones: el 15 de enero votó no al Acuerdo de Separación; el 16 votó una moción de censura -fracasada- contra el Gobierno, por su mala gestión del tema; el 30 aprobó una moción por la que se exigía al Gobierno renegociar los términos del acuerdo con la UE y buscar «soluciones alternativas»; el 12 de marzo los Comunes rechazaron de nuevo el acuerdo con la UE, que venía ahora acompañado por dos documentos que reafirmaban el compromiso de la UE y que habían sido negociados por la señora May, hasta bien entrada la noche del lunes pasado, precisamente en cumplimiento de la orden de renegociar dada por la misma Cámara; el 13, los Comunes aprobaron una moción por la que se prohibía que el Reino Unido abandonase la UE sin un acuerdo -es decir, se prohibía el portazo-; y el 14 los Comunes votaban una moción por la que se decidía pedir a la UE una extensión del plazo dos años previsto en el Art. 50 del Tratado de la Unión para concluir un acuerdo y que se acaba el día 29 de marzo. Plazo que podría extenderse hasta el 30 de junio, o más allá, si la UE lo acepta, estableciendo además qué debería hacerse con las elecciones al Parlamento Europeo previstas para el 23-26 de mayo.

Y, en fin, con los debidos respetos -como se suele decir- errático o, más bien, desleal, ha sido el comportamiento del Reino Unido, como un todo, con la UE, pues no se puede olvidar que no es la segunda, sino la tercera vez, en la que rechaza un acuerdo costosamente conseguido con la Unión; acuerdos en los que ésta ha hecho siempre generosas concesiones y muestras de flexibilidad (el primero fue el acuerdo con el Gobierno Cameron, de febrero de 2016, que tumbaron precisamente en el referéndum de junio de ese año). Eso sí, todo se ha hecho siempre con exquisito cumplimiento de las reglas democráticas y parlamentarias internas. Democracia, es verdad. Pero un verdadero esperpento político.