Déficit de convivencia

Se requiere un cambio. Sin duda. Pero antes del cambio, se requiere un consenso y eso es lo verdaderamente difícil

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No sé qué pensarán los norteamericanos cuando escuchan a algún español barbilampiño justificar la negación de la Constitución alegando eso de «yo no la voté». No creo que haya hoy ningún estadounidense vivo que llegara a votar la suya, sobre todo, porque tiene más de 200 años. Sin embargo, eso no les impide aceptarla, criticarla y pedir cambios en aquellos puntos que consideran inadecuados, como la famosa segunda enmienda sobre el uso de armas. Dar por válida la Constitución no significa guardarla en una urna y sacarla en procesión cada 6 de diciembre pero sí entender que fue el punto de partida para que nuestro país recuperara la normalidad democrática que se había visto truncada cuarenta años antes de forma abrupta.

Tampoco ninguno de nosotros votó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y eso no nos impide darlos por válidos y reclamarlos cuando queremos que la equidad y la justicia se cumplan en todas las personas al margen de su condición, etnia, origen, creencias u opciones sexuales. El problema, pues, no es que haya algunos grupos que rechacen la Constitución por sí misma sino por los intereses que hay en su negación. Lo decía ayer Miquel Roca: «no todo es culpa de la Constitución, sino de quien la aplica». Y el riesgo en su reforma no está en que sea intocable, que no lo es, sino en que los movimientos contra ella carecen de interés por el consenso. Ése es el verdadero quid de la cuestión. Una Constitución nace del acuerdo. Todo lo demás es imposición.

El debate constitucional no es negativo, inoportuno ni falto de razón. Es necesario y en algunos puntos perentorio. Se requiere un cambio. Sin duda. Pero antes del cambio, se requiere un consenso y eso es lo verdaderamente difícil y el verdadero 'milagro' español. Lo llamativo, en cualquier caso, es que parezca hoy más lejano el acuerdo que en el 78 cuando el golpismo llamaba a la puerta, los ataques y amenazas eran constantes, hasta los obispos tenían que escuchar «Tarancón al paredón» y el peligro de una vuelta atrás estaba sobre la mesa y en los telediarios cada día. La diferencia radica en que entonces había deseos de acuerdo, necesidad de lograrlo, sentido de Estado y anhelos de vivir en paz y libertad. Hoy es eso lo que nos falta. Tenemos déficit de convivencia. Hoy, que disfrutamos de paz y libertad, y hemos extirpado el virus de la violencia política, no asumimos el riesgo de perderlo todo. Ese es el punto de fricción, como las diaclasas de las rocas, esas fracturas aparentemente pequeñas por donde se cuela el agua y va minando el granito hasta conseguir partirlo en mil pedazos. Llevamos años planteando asignaturas de Educación para la Ciudadanía pero no hemos conseguido formar a varias generaciones en lo que significa vivir en el debate enriquecedor. Se han instalado en la polémica estéril que es justo la antítesis de lo que hicieron las Cortes constituyentes hace cuarenta años.