LOS DEBERES

JOSÉ ENRIQUE CABRERO

Íbamos por la calle mirando al suelo, como Conan cuando empujaba el molino de piedra. En nuestra acera no había sombra. Nada. Ni una mijita. Todo era sol. Un sol horroroso que apretaba el aire, el gaznate y la gravedad. El calor era más pesado que un tipo silbando melodías futboleras durante dos horas seguidas. Por eso, como les digo, no estábamos dispuestos a mirar hacia atrás. Ni siquiera para verles las caras al tipo y a la tipa que nos seguían el rastro tan cerca que podíamos escuchar su animada charla como si fuera nuestra.

«A ver», dice él, «si hoy me pongo con los dos primeros y cada día avanzo uno, el domingo estamos a la par». «Pero si un día no llegas, yo no puedo perder el tiempo», responde ella. «Ya, entiendo», lamenta él. Y añade: «¿Y si quedamos?». «Para eso -remata ella -tendrías que ponerte al día ya. Y ya es ya». Nosotros, que, como les digo, íbamos escuchando la conversación, nos miramos cómplices. Es lo que tiene el matrimonio, que te vuelve telépata. «¿Te acuerdas cuando teníamos que preparar exámenes?», piensa mi mujer. «Parece que fue hace tanto tiempo, ¿verdad?», le repienso yo.

Pero no, claro. No eran lecciones, ni temas, ni exámenes, ni nada. Unos pasos más adelante, justo en el momento en que una pequeña sombra refrescó nuestras cabezas, ella, la de atrás, retomó la conversación: «Lo que no podemos hacer es perder el tiempo. Son muchos capítulos y se nos echan encima las series». Ahí, justo ahí, mi mujer y yo nos descojonamos a calzón quitado. Ellos, muy elegantes, nos adelantaron por ambos lados y aceleraron hasta que se convirtieron en dos dibujos animados huyendo del 'eso es todo, amigos'.

Minutos más tarde, antes de sacar a los niños de la guardería, mi mujer me miró, entre risas, y me preguntó: «¿Te acuerdas de cuando podíamos organizar las series?». Los pequeños nos dieron un abrazo enorme y pensé que qué le vamos a hacer, que la vida es así, que cada etapa tiene su punto. «De verdad», respondió ella.