CUTRERÍOS IMPERIALES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Becados por la conselleria de Educación, marcharon risueños y very happy unos profesores valencianos para perfeccionar su inglés. Sonaba bien, la melodía. Huyo del calor, practico turismo en la ciudad de James Joyce y, a falta de leer su célebre 'Ulises' (yo todavía no me he atrevido), suelto la lengua lubricándola con la gama de ricas cervezas que allí ofrecen al sediento paseante. Pero, como decían nuestros escépticos abuelos en una sentencia que adquirió categoría de fundamental tópico, nadie da duros a cuatro pesetas. Así pues, la dura realidad ha colisionado contra las legítimas aspiraciones. Pisuchos infectos, mala alimentación y abandono general se ceban con los que viajaron para mejorar el idioma sajón. La historia se repite (segundo tópico de hoy, ustedes perdonen este final de mes), pues no en vano recuerdo a esos amiguitos que migraban hacia Irlanda enviados por sus optimistas padres una quincena con la esperanza de desasnarles gracias al aprendizaje del inglés. Salvo en las aburridas y obligatorias clases matutinas, poco tertuliaban en ese idioma pues, como es lógico, los españolitos de exilio forzado tendían a reunirse entre ellos, con lo cual seguían abrazando a Cervantes en detrimento de Shakespeare. Y mejor no mencionar las familias que cobraban por cobijarles. Recibían, nuestros paisanos, trato de mero bulto. Aunque, desde luego, lo que más me impactó en la época de la facultad venía con lo que narraban las amigas que se trasladaban a Londres para permearse de inglés trabajando de 'au pair'. En las habitaciones mugrientas donde las confinaban, si pretendían ducharse con agua caliente debían pagarla ya que existía una suerte de taxímetro que devoraba sus escasas monedas. Qué cutre se me antojó semejante atropello. La civilización nació en el Mediterráneo, no lo olvidemos.