Cumplí la promesa que hice a Forges

Confiaba de siempre en la integridad moral del humorista gráfico, coincidiera o no con su opinión. Su muerte abre un vacío

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Poco a poco, van muriendo las personas, paisajes y recuerdos con que he vivido y, creo, que la naturaleza me anuncia, así, la llegada del invierno. Igual que un tiovivo de feria, que desacelera sus giros para que los chiquillos se hagan a la idea de que se acerca la hora de bajarse del caballito. Cuando era pequeño no conocía a nadie que hubiera muerto. Los niños son niños hasta que se enteran de que la muerte ocurre en realidad. La primera persona que supe que había fallecido fue una hija, o una sobrina, no sé, de la portera de casa, a la que no había visto jamás. Esa tarde, estuvo mi madre esperándome en la parada del autobús del colegio, por eso no se me ha olvidado. A los 18, perdí a mi abuela Victoria y, desde entonces hasta lo de Forges, por ahora, todo es un crecer de la muerte, de la oscuridad a mi alrededor, como si, uno a uno, se fueran apagando los focos de un escenario. Y continuará.

Se espera de mí, viejo pistolero de la política, que gaste mis palabras elogiando al humorista infalible que ha sido Antonio Fraguas, Forges. Es lo que hacen los que hablan y escriben. Forges fue genial e irrepetible, pura verdad. Pero, quiero salirme del marco de esa viñeta, para añadir que, también, ocupó un lugar en el universo cotidiano de cada uno de nosotros. Formaba parte de mi circulo de confort intelectual. De hecho, esta será la primera semana de mi existencia consciente en que me falte alguno de sus chistes. Insisto, no es sólo que él publicara a diario es que, además, yo le leía a diario. No digo, por tanto, que fuera como de la familia, digo que, lo mismo que la voz de la radio, las anécdotas de mi tía Enriqueta o los «¿cómo ha quedado el Valencia?», siempre constó en mi familia.

Forges estuvo en el 'Hermano lobo' de mi tío Guillermo y en el 'Por favor' de mi padre, aquellos fríos fines de semana de Náquera, en que descubrí la política queriendo entender los chistes de las revistas de los mayores. Forges era el autor favorito con que fabricar adhesivos con aironfix, para personalizar las carpetas en la facultad de Derecho de los ochenta. La muerte ha vuelto a tumbarse a lo largo del camino recorrido desde que tengo memoria, si vuelvo la cabeza, buscando chistes de Forges, la observo estirada cuán larga es.

En 1999, me llamó por teléfono para reñirme por un discurso en que había metido la pata. Para mí, fue como si me corrigiera el mismísimo Gandalf desde la portada de 'El señor de los anillos' o el puto Bob Dylan. Una voz súperautorizada. Le prometí que nunca más utilizaría la expresión «ilegales» sino «personas en situación ilegal» y he cumplido. Confiaba de siempre en la integridad moral de Forges, coincidiera o no con su opinión, por eso, su muerte abre otro vacío en el campo visual de mi horizonte, cada vez más estrecho, más viejo. Vivir puede tomarse a broma, ir muriéndose, ni de coña.

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