La cultura de Occidente, o es cristiana o no lo será: la responsabilidad de la educación

La cultura de Occidente, o es cristiana o no lo será: la responsabilidad de la educación
a. sánchez
SALVADOR PEIRÓ I GREGÒRICATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD. PROF. COLABORADOR DE LA UNIVERSIDAD LIBRE INTERNACIONAL DE LAS AMÉRICAS. GRUPO DE ESTUDIOS DE ACTUALIDAD (CV)

El actuar como ciudadano responsable depende en cierto modo del grado de cultura que posea. Esto es definido por la sociología francesa como capital incorporado que cada persona posee, aunque se señala que no se trata sólo de lo teórico almacenado, sino que también al encaje de estos conocimientos en las escenas de la vida cotidiana. Por esto, la cultura afecta a la conciencia de cada cual, no en el sentido de recordar, al modo erudito, sino a la competencia que un individuo tiene de movilizar todo lo que conoce, es decir, actualizar -poner en acto- lo que tiene en común con los demás (coetáneos y delas otras generaciones).

La institución encargada de transmitir 'sistemáticamente' (con orden y lógica) es la escuela (desde la infantil a la universitaria). Cuando un alumno sale de los estudios generales y, en cierto grado, obligatorios, posee una cultura general. Tal nivel de formación es validado por cada centro docente con un diploma, a la vez que cada año valora lo que ha logrado cada escolar en esa participación en el sentido común cultural. Esta referencia a compartir con otros, de antaño y de hogaño, señala claramente que se trata de un saber situado en un medio social, que sobrepasa los exámenes usuales.

En la medida que cada institución educativa se caracteriza por tres dimensiones: una instructiva (nociones, memoria), otra formativa (sentido del mundo, valores, religión...) y la tercera que es consecuencia de llevar las otras a la vida de las aulas, la expresiva (comportamientos, hábitos costumbres), resulta que tanto por sólo tratar de examinar lo recordado, o meramente dar oportunidad a aprender parte de la cultura general, esa formación es insuficiente. Por ejemplo: ¿qué se hace con el desarrollo de las posibilidades estéticas de los alumnos?, ¿hay interés y eficacia en que cada estudiante reciba la educación religiosa que el concierne?, ¿qué moral se promueve en las aulas?...

En virtud de la manera de cómo se respondan a tales cuestiones, se aprovecharía el potencial de cada escolar. Esto se debe a que una de las capacidades principales que tenemos las personas es la discernir: ¿qué es mejor que lo bueno?, ¿Por qué he de disponer de libertad para... en vez de libertad de...? Y usted y yo, como cada quién, razonará para elegir según el bagaje de cultura que posea. Si no le han proporcionado suficiente formación en lo estético, religioso, moral, científico... y, en contra, sólo le han instruido en técnicas, idiomas, elementos 'bajos' en aspectos culturales, tendríamos pobres recursos para ejercer la ciudadanía (libertad para...).

El error se situaría en la confusión propia de la filosofía cientista-materialista, con tanta influencia en centros escolares y medios de comunicación. Se estableció un mito, a modo de leyenda negra, tratando de mostrar a Galileo en conflicto con la Iglesia y la religiosidad. Si se leyera seriamente el tema, se encontraría uno que lo real era un conflicto entre modelos científicos, aprovechado a su vez por los políticos de turno.

Además de analizar este tema, baste recordar que la ciencia moderna nació en el seno de las universidades católicas (Butterfield, Dawson, Riaza, Fernández, Udías, Woods...). Ya en el s. XII se comenzó y lo actual es una consecuente derivación de lo anterior. Amén que casi todos los científicos de antes y ahora son cristianos. Tales especialistas estuvieron en el cimiento y desarrollo de todas las áreas de investigación: geología, astronomía, genética, biología, lingüística, geografía... La Edad Media fue la clave para impulsar ese movimiento científico, pero con orientación humanística, no ciego y anético (como clonaciones, manipulaciones genéticas, y similares). En los monasterios y escuelas catedralicias se enseñó lo recopilado de: Grecia (retomó de Egipto, China y Babilonia), Roma (con el derecho y las obras públicas, en relación a Alejandría), el hinduismo avanzaba esporádicamente, la civilización islámica traslado lo de Grecia... Pero, solía suceder el eterno retorno.

Lo que inyectó el mensaje cristiano es la tendencia a la auto-superación continua (fe con esperanza). Pero se efectúa sintetizándose con la cultura sin tergiversarla: no sacraliza el mundo y la naturaleza (ya Aristóteles refería algo, pero sólo filosóficamente). No hace como el cientismo que experimenta con el hombre -varón y mujer-sin teleología, sólo atendiendo a cierta eficacia.

¿En qué se basa tal trasformación? La proposición «creo para entender y comprendo para creer» nos señala que la razón no es criterio definitivo, que hay que discernir entre lo bueno y lo mejor para la humanidad. Se establece que la inteligencia posee la posibilidad de conocer la verdad, pro que es insuficiente para comprender toda la verdad de las cosas, ya que Dios nos desvela poco a poco lo más escondido de la verdad. Pues hay aspectos en lo verdadero que son indemostrables por la ciencia, pero que salvaguardan la dignidad de cada persona.

Así pues, la enseñanza dialógica entre ciencia, filosofía y religión es necesaria para mantener el nivel cultural y el espíritu de la civilización. ¡O crece o muere! No deberían oponerse, sino colaborar, ya que la verdad buscada por la racionalidad humana posee rasgos supra-racionales, aunque no se trata de conocimientos irracionales.

Los planes de estudios y currículos de las instituciones educativas, en vez de «prescindir» de lo religioso, deberían fomentarlo, dialogando con las otras materias para elevar el nivel de cada aluno y el sentido común de cada generación. Si no, no hay Occidente, entonces: ¿adiós democracia!