Resulta lamentable comprobar que toda la vida política española tiene como elemento fundamental de su quehacer el debate en torno a la 'cuestión catalana'. El desgraciado intento de la burguesía financiera de una comunidad histórica española por separarse del tronco común al que pertenecen todos los pueblos que viven en la península ibérica y las islas adyacentes. ¿Qué causas han hecho posible este lamentable espectáculo? Tres son los supuestos que debemos abordar. El primero, la exclusión de Cataluña del proceso de construcción de la España moderna. El segundo, la general ignorancia sobre lo que significa el concepto de España como proyecto histórico común de todos los pueblos que habitan la península ibérica. El tercero, la incapacidad de los gobiernos españoles de la transición para utilizar la educación como medio más idóneo para cultivar el amor a España y lo que históricamente significa.

La exclusión de Cataluña del proceso de construcción de la España moderna tiene sus orígenes en los comienzos del siglo XV. Martin I, el Humano, rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, conde de Barcelona, muere sin sucesión legítima. Dos candidatos se disputan finalmente el trono, Jaime de Urgel, conde catalán casado con la hermana del monarca y lugarteniente del reino en los últimos años, y Fernando de Antequera, hijo segundo del rey castellano Juan I, sobrino por línea femenina de Martin.

En el discurrir de la sentencia de Caspe, Fray Vicente Ferrer consigue que seis de los nueve compromisarios voten por el aspirante castellano. Le mueve a ello, fundamentalmente, la consideración de que con esta elección las coronas de Aragón y Castilla estarán en manos de una misma familia: los Trastámara. Hecho que conduciría, necesariamente, a la unión de ambas monarquías, como así sucedió con el matrimonio de Isabel y Fernando.

El odio que la nobleza y la burguesía catalana profesan a San Vicente Ferrer tiene aquí su origen. Como el que tuvieron siempre a la Casa de Trastámara, a Castilla y, por extensión a España. Un odio que se hará patente cuando Juan II, hijo de Fernando de Antequera y hermano de Alfonso V, asuma, a la muerte de su hermano, el trono.

Durante diez años sostuvieron contra él los catalanes una guerra feroz, buscando una autonomía que les separara de la Corona de Aragón y de la idea de Juan II, que pugnaba desde sus tiempos de rey de Navarra, por la unidad de los diferentes estados españoles. Un sueño que su hijo Fernando cumpliría plenamente.

España, como estado moderno, surgía al margen de Cataluña. Un odio de la burguesía catalana que ha de manifestarse en el siglo XVII, cuando la debilidad de Felipe IV y los errores del conde-duque de Olivares pongan en cuestión la existencia del Estado; en los inicios del XVIII, cuando Inglaterra propicia la guerra de Sucesión en España apoyando al archiduque Carlos contra Felipe V; en los finales del XIX, cuando, con motivo de la Renaixença, la burguesía catalana lance sus tesis sobre los países catalanes y su necesaria independencia de España; en el siglo XX, aprovechando las divisiones en el interior de la II república y en el devenir de la Guerra Civil; en el siglo XXI, en fin, volviendo a aprovechar la ineptitud de unos políticos incapaces de percibir la gravedad del desafío y de unos intelectuales vendidos al mejor postor.

El origen de España debemos citarlo, al menos, cuando la República romana dio a todas las tierras de la península ibérica el nombre de Hispania. Cuando los visigodos decidieron instalarse definitivamente en Hispania, nadie dudó de que en la misma convivían dos naciones diferentes: los visigodos dominadores y los hispano-romanos dominados. La llegada de los musulmanes no hizo sino ratificar esta realidad. Al-Ándalus siguió siendo siempre una unidad como proyecto histórico común enraizado en la península ibérica.

La Reconquista es la mejor prueba de lo que afirmamos. Existen reinos cristianos y reinos musulmanes diferenciados, pero por encima de ellos existe un proyecto común.

Una confluencia entre el proyecto histórico común y la existencia de un estado político, que se completa con Felipe II cuando Portugal entra a formar parte de la unidad a la cual pertenece. Lo dijo en los albores de la Modernidad Luis de Camoens, el más grande de los poetas portugueses y lo ha repetido en nuestros días, Saramago, el mejor de sus novelistas. Castellanos, portugueses, catalanes, valencianos, andaluces, gallegos... españoles somos todos. Una tesis defendida por los más grandes de nuestros pensadores, Ortega, Unamuno, Giner de los Ríos..., por nuestros mejores escritores, Cervantes, Lope, Pérez Galdós, Machado..., y que en Valencia ha tenido siempre como referencia a Blasco Ibáñez, el primer abanderado en la lucha contra un proceso de catalanización que él denominaba como «la peste catalana».

Hoy, para nuestra desgracia, las grandes corrientes del pensamiento español han desaparecido, y las grandes figuras políticas. Solo nos queda la mediocridad. Por eso existe la 'cuestión catalana'.

Tampoco hemos sido capaces de hacer de nuestras escuelas el lugar donde el amor a España anidara en todos los corazones sin excepción. Bien al contrario hoy buena parte de nuestros maestros son agentes de quienes no tienen más objetivo que destruir nuestro proyecto común.

Cataluña es un ejemplo de falsificación de la historia que no tiene parangón. Y, para nuestro pesar, Valencia, toda la Comunidad valenciana, camina tras sus pasos. La falsificación de nuestra Historia, el odio desatado hacia lo español, el servilismo hacia el modelo catalán es lo que conocemos. Aunque es preciso lanzar un grito de optimismo. Pese a los esfuerzos de catalanización realizados, la inmensa mayoría de los valencianos, de los españoles, sigue despreciando el proyecto separatista catalán y sigue creyendo en nuestro proyecto histórico común: España.