Cuenta atrás hacia el desastre

Cuenta atrás  hacia el desastre

H ace cien años, en el verano de 1919, los países que participaron en la I Guerra Mundial se reunieron en el palacio de Versalles, a las afueras de París. Fue allí donde pusieron el punto final al sangriento conflicto bélico y, en un momento de reflexión, muchos se preguntaban cómo pudo ser que los acontecimientos del verano de 1914 hubieran dado paso a tanta destrucción. Cómo comenzó aquella guerra ha sido un tema muy discutido desde entonces, aunque está claro que fue el resultado de una serie de errores de cálculo, ultimátums y malentendidos. Algunos historiadores sostienen que el calendario del sistema ferroviario alemán también jugó un papel importante. Para movilizar al ejército alemán se requería un uso completo de todos los vagones y máquinas sintonizado por un horario inflexible. Una vez que se puso en marcha, fue imposible detener el impulso e hizo inevitable la guerra.

De otra forma, el proceso de 'brexit' hoy parece igualmente inexorable. El gobierno en Londres del primer ministro Boris Johnson ha iniciado un proceso que conducirá a un 'brexit' duro el 31 de octubre. En dos meses, el Reino Unido cortará sus vínculos con la Unión Europea de una forma brutal y sin acuerdo alguno. Johnson dice que el calendario es inmutable si los otros líderes de la Unión no se rinden ante sus demandas de un nuevo acuerdo. No hay marcha atrás, cualesquiera que sean las consecuencias. Por supuesto, el 'brexit' no nos lleva a una guerra devastadora, pero la inflexible estrategia de Johnson podría conllevar resultados políticos muy graves y consecuencias imprevistas para la economía.

A nadie les gusta un 'brexit' duro. La Comisión Europea ha descrito una ruptura brusca como «el peor resultado posible». Hace tres años, durante la campaña del referéndum de 2016, incluso los defensores del 'brexit' dijeron que una quiebra en seco sería una locura y que por eso nunca iba a ocurrir. Prometieron que las negociaciones entre la Unión Europea y el Reino Unido serían «las más fáciles de la historia» y que el acuerdo resultante beneficiaría a todos. Pero no ha sido así. Después de casi dos años de tortuosas negociaciones entre Bruselas y Londres, la administración de la ya ex primera ministra Theresa May produjo un acuerdo muy limitado. Hubo tensiones dentro de su gobierno, muchas dimisiones y fue rechazada por la mayoría de los diputados en la Cámara de los Comunes una y otra vez. Y luego, frustrada y agotada, May también se marchó.

Ahora Johnson ha tomado las riendas del Estado, no elegido por el pueblo británico, sino solo en una votación de los 150.000 miembros del partido Tory. Son los seguidores más fervientes del 'brexit' y quieren que Johnson cumpla con su promesa de abandonar la UE el día 31 de octubre, «sea lo que sea el coste». Y parece que los costes serán aún peores que los que apuntaban los pronósticos más pesimistas. Y no, no lo dicen los que hicieron campaña contra el 'brexit', sino el propio gobierno. Un informe elaborado por altos funcionarios pero filtrado a la prensa hace unos días describe algunas de las consecuencias atemorizantes de un 'brexit' duro, incluidas las colas caóticas de camiones en los puertos, los estantes vacíos de alimentos en los supermercados, la falta de medicamentos como insulina para los diabéticos y muy lógicamente disturbios en las calles.

Hay quien cree que Johnson convocará elecciones generales en octubre y, en el acto, terminará toda la legislatura durante la campaña. Sin el Parlamento no habrá posibilidad de detener el 'brexit', que ocurrirá por defecto al final de octubre. Hace tres años, los partidarios al 'brexit' afirmaron que, fuera de la Unión Europea, el Reino Unido podría «retomar el control»: sería una ironía amarga si la única forma en que puede asegurar la salida del Reino Unido de Europa ahora es suspender efectivamente el Parlamento británico por una maniobra sucia.

Johnson, como un general alemán hace un siglo, está atrapado por un plan predeterminado y un horario fijado. El resultado será una calamidad, no con la muerte o la destrucción del mundo como sucedió en la I Guerra Mundial, por supuesto. Sin embargo, será una tragedia anunciada y no prevenida.