EL CUCHILLO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La fragilidad de la memoria dulcifica los tiempos pasados. Por eso renuncio al discurso de abuelo Cebolleta que fertiliza esos gruñidos nuestros que tienden a creer que ahora hay más violencia que antaño. La violencia acompaña desde hace siglos nuestra sociedad porque el montaje que hemos forjado, tan óptimo en tantos aspectos, también provoca fracasos, resentimientos, frustraciones. O triunfas o mueres. O triunfas o te condenan a la cápsula de la supervivencia básica y la tiritona de fin de mes. Me ataca el escepticismo cuando entonan bondades sobre los años 80 y los 90. La versión de algunos narra una época de fiesta continúa. Y sí, nos reímos mucho, fundamentalmente porque éramos jóvenes, pero las broncas estallaban a menudo cristalizando en batallas de leches porque cada tribu urbana defendía su honor, su garito preferido, su actitud gallarda, su espacio vital, su lo que fuese. Obsérvese que durante aquellos años irrumpieron los vigilantes jurados, la seguridad privada. Legiones de fornidos seguratas vigilaban las romerías de discoteca, los conciertos. Los campos de fútbol también les contrataron. Y ahí siguen, porque cuando corre el alcohol o cuando los colores del equipo te dominan, florecen los arrebatos violentos. Las agresiones al personal sanitario han impuesto la presencia de los seguratas. Pegar a un médico es casi tan feo como propinar coces a los padres. Ahora que un alumno acaba de acuchillar a una profesora por culpa de las notas, no sería de extrañar que recurriesen a estos servicios privados para rebajar las efervescencias de los chavales que tiran de cuchillo o de esos padres que acuden al centro para vapulear al docente, como ya ha sucedido en otras ocasiones. Qué cosa tan rara, médicos y profesores en el colectivo de profesiones de riesgo. Desde luego tenemos un problema...