CUCHARAS DE MADERA

Mª ÁNGELES ARAZO

En la calle de la Carda existieron dos o tres talleres de horcas y utensilios de labranza; era el tiempo en que el tranvía número 7 la cruzaba como una exhalación y las fincas parecían temblar. Fue el popular tranvía del trayecto Ruzafa-Bolsería-Matadero, con cartelitos que advertían: 'Prohibido hablar con el conductor', 'Prohibido escupir' y 'Cuidado con lo rateros'.

Aquellos tranvías desaparecieron, igual que los talleres de horcas, pero las casas -tan viejas-, siguieron sometidas a las vibraciones de un tráfico endiablado. Casa Cabo, que superó el siglo sin reforma alguna y que nunca me expliqué cómo no se había desmoronado, vendía también mangos para herramientas y bastones, pero su especialidad eran las cucharas de madera y los cucharones de increíbles tamaños.

En el interior de aquella tienda se indicaba en una placa: 'Prohibido blasfemar', y como si en un espacio religioso se estuviera, abundaban allí las estampas de la Virgen de los Desamparados y del Papa.

Cuando visité el humilde establecimiento, la dueña, una encantadora anciana, Doña Amparo Bagán Cabo, me contó que el emblema que tenía antes, compuesto por una cuchara y un tenedor de grandes proporciones, había decidido quitarlo de la entrada, por miedo a que lo robasen, y lo colgó en el altillo, un recóndito espacio lleno de cajas y de polvo. Pero a pesar de quedar más escondido no faltaban los chamarileros que querían comprarlo.

Sus días pasaban allí, sentada junto a la mesa camilla, esperando que algún jubilado entrara para comprar un bastón segorbino: «el que mejor manejamos los viejos; es como si tuviéramos una pierna más».

También, ocasionalmente, algún hombre joven le pedía docena y media de cucharas, en las que pintaría naranjas, una barraca o el Miguelete, para ofrecerlas como recuerdo de una paella con amigos. «Son modas, oiga. Otros pintan la Albufera y una barca de vela». La señora, risueña y habladora, buscaba el abrigo del tapete de lana que cubría la mesa. «La humedad es mala cuando se va el sol», sentenciaba. Su abuelo, que era de Burjasot, abrió la tienda. «No me pregunte cuándo -y

reía-. Hará un siglo, o dos. Sólo Dios lo sabe».