COTO A LAS APUESTAS

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Hace unos años, mientras mi amigo Mariano Gasparet y yo husmeábamos desde las alturas del hemiciclo de Les Corts Valencianes, sorprendimos al entonces diputado de Izquierda Unida Ignacio Blanco jugando a Apalabrados, aquella aplicación de móvil similar al Scrabble en la que había que competir para formar la palabra que sumara más puntos. Blanco manejó con destreza una de sus manos para votar mientras en la otra sujetaba su teléfono con la pantalla del delito a vista de pájaro. Aquel día nos pilló blandos, con el corazón tierno, y tras darse cuenta que lo teníamos fichado, subió a la garita a pedir/suplicar que no lo convirtiéramos en la Celia Villalobos y su Candy Crush del Parlamento valenciano. Tuvimos la consideración que él quizá no tuvo con la popular Mayte Parra, a la que acusó de tener cuentas en Suiza sin que aquel tema tuviera un recorrido judicial. Pero bueno, aquello es harina de otro costal. La sana afición de Blanco al Apalabrados, un juego de destreza léxica, viene bien para poner sobre la mesa el debate sobre la adicción a lo digital, a aquello que representa una recompensa rápida e inmediata. Aquel diputado buscaba el éxito con su palabra como el apostador desea el dinero rápido cuando se juega sus cuartos a saques de esquina o tarjetas amarillas. Esta legislatura, en el mismo hemiciclo en el que el diputado de EU se engatusaba con su móvil, la nueva ley del juego en la Comunitat Valenciana se va a quedar en el limbo. El adelanto electoral anunciado a principios de semana por el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, ha dejado en punto muerto una de las normas que más debate ha suscitado y que más necesaria se hace para ordenar la vida de los ciudadanos, especialmente los jóvenes, uno de los sectores de población que cae con suma facilidad en las garras del juego. Hoy, en cualquier bar o restaurante uno se puede gastar unos euros en una apuesta deportiva mientras se toma un cortado o un refresco. No hay límites. El juego mueve muchísimo dinero, hay partidos políticos vinculados a las grandes marcas a través de negocios tangenciales y las apuestas son una buena vía de financiación pública a través de los impuestos. Al final, hay demasiado postizo en esas declaraciones de los cargos públicos contra las nuevas adicciones. Les invito a echar un vistazo a los presupuestos de la Generalitat para este año y al último informe del juego en la Comunitat. En 2012, el gasto sólo en apuestas fue de 102 millones de euros, seis años después saltó la barrera de los 340. Antes de un par de meses habrá de nuevo elecciones. Cada día que pase será un tiempo perdido. La prevención transita por decisiones firmes y a veces hay que priorizar el interés general por encima de la recaudación de impuestos.