CORTAR EL BACALAO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La similitud de color capilar, ese tono amarillo nicotina con matices anaranjados según la luz que reciban ambas cabelleras, entre el británico Johnson y el yanqui Trump puede provocar nuestras chanzas; en cambio la similitud que emplean a la hora de negociar proyecta el halo siniestro del matón del barrio. Primero arrean verbalmente como si su lengua fuese un garrote, a partir de ahí pueden rebajar, o no, sus deseos. Pero les gusta pegar de entrada para dejar bien claras las cosas.

De todas formas, descubrir nuestro papel de comparsa en el psicodrama que se gesta, incluso en vacaciones me desplaza hacia la melancolía. Johnson, buscando su cacho, su hueco, su éxito, su brexit de todo por la cara, se reunió con Merkel y luego con Macron. Esas son sus prioridades porque estos dos representan el pensamiento europeo. El blondo terrible por supuesto no ha prestado atención a lo que pueda opinar la España de Sánchez en funciones, pero tampoco ha mostrado interés por lo que diga la Italia en eterna crisis política. No somos sino los sureños emparentados con los africanos, enganchados a las corrupciones y a otros vicios aunque en tierras del sur, más allá del bunga-bunga y alguna que otra fechoría, nunca han aparecido ministros muertos travestidos de vedettes con la soga al cuello mientras practicaban asfixia sexual y resto de extravagancias libidinosas tan apreciadas en el antiguo imperio británico. Johnson sabe dónde acudir para conseguir su plan y nosotros, pese a la enorme potencia industrial de Italia y España, no contamos. Por otra parte, tampoco nuestros líderes se quejan. Bastante tiene Sánchez con lograr la presidencia y los italianos con el bravucón Salvini no creo que estén para fiestas allende los Alpes. Aún así, el papel de extra fastidia en esta Europa donde sólo dos cortan el bacalao.