Coqueteando con el abismo

LORENZO SILVA

Nos llegan noticias de que un grupo de individuos estaba experimentando con sustancias susceptibles de ser empleadas en la fabricación de artefactos explosivos. También se nos dice que los individuos en cuestión debatían sobre la posibilidad de ocupar el Parlamento y volar infraestructuras, sin descartar que en este último proyecto alguien resultara malherido. Y se nos cuenta, en fin, que un sistema judicial tan garantista como el que nos hemos dado los españoles, y que mantiene a nuestros jueces como los menos enmendados por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo -mucho menos que los magistrados belgas o alemanes, por poner dos ejemplos pertinentes-, ha encontrado serios motivos para despachar a siete de estos individuos a prisión incondicional sin fianza.

Y he aquí que ante estas noticias, alarmantes para quien conserve alguna sensatez, a un señor que desempeña la máxima representación del Estado en su comunidad autónoma -según él, ungido por otro, pero eso es asunto de ellos- no se le ocurre sino defender a todo trance a los sospechosos y afirmar, sin prueba alguna, que las acusaciones contra ellos son el fruto de una fabricación policial. No se queda ahí: lleva al Parlamento de dicha comunidad autónoma su incondicional defensa de los imputados y su grave calumnia a quienes los han detenido, para que la Cámara apruebe una moción a favor de los encarcelados por indicios de actividad criminal y en descrédito y menosprecio de quienes han trabajado para evitar que la llevaran a cabo.

Uno ve y escucha a ese señor y comprende que es alguien a quien hace mucho tiempo que ha dejado de importarle, si es que alguna vez se lo planteó, lo que su actividad diaria al frente de la magistratura que desempeña pueda contribuir al bienestar y la prosperidad de sus conciudadanos. Ni siquiera a su seguridad, incluida la de los aprendices de químicos. Hay en su cabeza consideraciones que se anteponen a empeño tan banal y tan prosaico, y una desesperación, compartida con su principal de Waterloo, que le hace contemplar con agrado la opción del caos y hasta la del martirio, quizá porque es consciente de que no se expone a lo que se expondría si no lo ampararan las garantías de un Estado de derecho más que razonablemente funcional.

La pregunta, cuando uno ve a estos dos coquetear de modo tan temerario y tan grosero con el abismo, un abismo que los españoles con alguna memoria del pasado reciente no podemos ignorar, es si el pueblo al que se dirigen está dispuesto a dejarse arrastrar por la desesperación que los arrebata, por un camino que sólo conduce al vertedero de la moral y de la Historia. No puede suceder: en algún momento tienen que quedarse solos, gesticulando en mitad de la sinrazón que los aturde y ofusca.