Se dice que instituciones educativas, como la familia, la escuela o la televisión, cualitativamente se hallan en crisis, pero desde otra perspectiva van en auge. Tal vez un instrumento para detectar la calidad de las mismas es si promueven el diálogo, sin el cual lo social tiende a desvanecerse. En este contexto, tanto las emisiones televisivas como las relaciones en los hogares, además de la instrucción escolar dan la sensación de perder vitalidad, aunque el número de tales se engrandezca.

Pudiera ocurrir que este desvanecerse se deba a que la relación es unidireccional, yendo exclusivamente de uno a otros. Tampoco, conversar significa «hablar por hablar», sino decir para que el otro entienda; tampoco es sólo opinar sin fundamento. Esta situación causaría una cultura contraída, con su pérdida de aliento civilizatorio y deviniendo en una menor creatividad, con el ahuecamiento de la democracia. Consecuentemente los manipuladores lo tienen más fácil para captar el poder.

Pero, para convivir con otros, ese diálogo exige que cada uno ponga su esfuerzo: no distraerse, dejar que el otro acabe su frase (ni cortarle, ni adelantarse a su pensamiento). Cuando prestamos atención a lo que dice el otro, manifestando serenidad, sin mostrar prisas, le estoy demostrando que le pongo mi tiempo a su disposición, que esa persona es importante para mí, le muestro que me ayuda, y le manifiesto (aunque no se lo diga) que le podría ayudar.

Al escuchar así, mi personalidad crece más, me hago notar como ser referente dentro del grupo, me hace mejor... Así adquiero grandeza, madurez, apertura... características de quien sabe escuchar.

Al vivir se esta manera con otros hago comunidad. Ese tiempo que dedico al otro le ayuda a considerarse a sí mismo, hace que recapacite y se haga propósitos para mejorarse, y viceversa. Así crece la confianza de uno con el otro, generándose un clima de acogida o aceptación y no de distanciamiento. Uno y otro tendrán más interés, surgirán las ganas de colaborar en tareas comunes...

Pragmáticamente, escuchar es callar si el otro habla, atender a lo que dice, estimar lo que siente, ser paciente, dedicando tiempo, cuando finaliza, parafrasear lo dicho para verificar si le comprendo, ser humilde... No sería congruente con ello el interrumpir la frase del otro, completar sus frases, adelantarse a la conclusión del otro, poner en duda lo que dice el otro, discutirle, hacer cosas a la vez que el otro habla, darle soluciones, en vez de ver que el otro puede proponerse las suyas... Desmontando lo que el otro dice, antes de que acabe de argumentar, significa que no se escucha, pues cada cual está parapetado en su yo para defender su opinión, siendo incapaz de descentrarse, de ponerse en lugar del otro. Así, se valora al otro como subordinado a mi 'ego'. Esto sucedería si, con prisas, uno 'oye' lo que el otro está diciendo, sin esforzarse por interpretar las palabras del otro, dando la impresión que piensa en otro asunto. Así, no sólo rompe la comunicación con el prójimo, sino que no se aprovecha de lo que el otro sabe y que yo desconozco.

Este talante (faltas de calma y de tranquilidad) se parece al menosprecio. Si atendemos con paciencia y respeto, abriremos la puerta para que el otro nos preste también atención en esta y otras conversaciones. Además, haremos la vida agradable y la convivencia será pacífica y cálida. Por esto, la paciencia en la escucha abre su corazón que, al oírnos argumentar, podríamos convencerle, promoviendo un reconocimiento de su posible error.

Pudiera suceder que lo que el otro me dice no fuera creíble, que se capten errores, que sea irrelevante... No obstante, siempre debemos cuestionarnos: ¿pierdo algo con escucharle?, y si no le atiendo, ¿no me perdería algo? La verdad es que, de todo el discurso que nos trasladen, siempre habrá alguna parte de verdad. No obstante, hay que dialogar desde y en la verdad de las cosas, sean éstas espirituales, religiosas, culinarias, modos de trabajar, economía, etc. Si yo oigo lo que me conviene para conducir al otro hacia una posición determinada, estaría falseando la verdad de los hechos. Esto no me aportaría conocimiento, sino centrados en el propio ego, es decir: aislamiento. Si hay traslado de ideas de uno a otro, y viceversa, nuestra cultura se enriquece y tiene perspectivas. Pero, no se trata de renunciar a las propias convicciones, tanto si no nos convencen los argumentos del otro, como si de ese modo pudiera yo quedar más 'tranquilo', para no complicarme la vida.

Convivir se nutre del diálogo. Y en esto nos lleva al pensamiento y a su función: discurrir para discernir. Si en la conversación no promovemos en el otro la reflexión, seríamos como dos loros, que no van allá del sonido que emiten. En esta plática habría que descubrir la verdad.

En nuestra sociedad palpamos que muchos se encierran en su mundo (TV, móvil, alcohol, drogas...) porque están aislados (no exclusivamente solos). Estos son síntomas de, al menos, una inadecuada conversación, de falso diálogo, de un quebranto de la convivencia familia. Un ejemplo: hay un sinfín de niños huérfanos con padres y madres vivos. Están mal/desatendidos, sufriendo así la convivencia familiar por falta de diálogo íntimo.

También en las escuelas e institutos sucede similarmente, debido a que se instruye sin saborear el sentido de las lecciones, viendo ausencia de relaciones con lo bueno y lo malo. Se habla de cosas, no entre subjetividades, las tutorías son externas al yo. Así es muy difícil que el escolar llegue a discernir. Si hay carencia de vivencias, los aspectos morales se despersonalizan. Habría que orientar hacia la verdad, el bien y la belleza objetivos para que cada cual discierna en conciencia y se formule propósitos de existencia.