Sin conservantes ni colorantes

En los tiempos del postureo y los gestos cara a la galería, un genio de la música ofrece una lección de autenticidad

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

No voy a ser yo, precisamente yo, persona amante de las buenas maneras y la educación exquisita -la recibida al fin y al cabo en mi casa y en el colegio, que tampoco es mérito mío- el que ahora vaya a aplaudir que un músico comience un concierto sin decir ni un simple buenas noches, un good night en su lengua natal, o un simple hello, hey, o como lo digan, que eso no cuesta nada, hola y adiós, como corresponde. Pero sí que digo que además, por supuesto, de su música, me cautivó y fascinó la autenticidad de Bob Dylan el pasado martes en la plaza de toros de Valencia. En los tiempos del postureo, del os quiero y sois lo más importante del mundo para mí, mi vida no tendría sentido sin vosotros, hacéis que cada día sea el mejor y bla-bla-bla, de los selfis, los vídeos y la retransmisión en vivo y en directo de las vivencias más simples y elementales del mortal menos interesante del planeta Tierra, de los futbolistas que entre lágrimas y pucheros besan el escudo de la camiseta porque este club lo ha sido todo para mí (aunque ahora me voy corriendo y sin mirar atrás al que me paga más), de los abrazos y las sonrisas en campaña electoral entre supuestos compañeros que se odian y que se apuñalarían si pudieran, el que un genio que está a punto de cumplir los 78 años se dedique simplemente a tocar varios instrumentos y a cantar sin más aderezo que la buena compañía de unos músicos que se complementaban perfectamente con él es como esa lluvia de primavera que se lleva la contaminación del aire y limpia las calles de las inmundicias del día a día, de las miserias del trasiego urbano. Nada de guiños artificiales e impostados, de qué bonita está Valencia y cuánto me gusta esta ciudad (que acabo de conocer y de la que lo único que he visto es el trayecto desde mi jet privado en el aeropuerto al hotel de lujo del que no pienso salir ni en caso de incendio), nada de camisetas con motivos alusivos al lugar del concierto, nada de banderitas, discursos recurrentes, bromitas sin gracia y guiños de cara a la galería para ganarse a un público facilón y entregado, nada de escenarios con juegos de luces y colores, macropantallas, decorados, plataformas móviles, humo, confetis o paracaidistas que descienden desde las alturas para entretenimiento de un respetable que parece no tener bastante con una canción tras otra, las de toda una carrera, las de toda una vida. Nada de todo eso. Dos horas de música, sólo música, con unos simples focos apuntando a los intérpretes, a un señor ya mayor de Minnesota con voz rota que lleva no sé cuántos años de gira y al que un día concedieron el premio Nobel de literatura. El mito tal cual, sin conservantes ni colorantes, sin aditamentos innecesarios. Como se decía en algunas películas basadas en hechos más o menos reales, cualquier parecido con la realidad, con el resto de la realidad político-social-cultural-deportiva, es pura coincidencia.