CONFUSIÓN EN CIUDADANOS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Tratar de discutir a Ciudadanos y a Podemos el incuestionable papel que han tenido en el intento de regenerar y airear la viciada política española sería tanto como despreciar las razones que llevaron a muchos españoles a salir a la calle en el ya lejano 15-M de 2011, cuando a la recesión económica que en aquel momento golpeaba con toda su fuerza se sumó una crisis institucional que hizo temblar las vigas del sistema surgido a partir de la Constitución del 78. El naranja y el morado le ha venido bien incluso al PP y al PSOE, que no han tenido más remedio que actualizar estrategias, tácticas, discursos y organigramas y que de no haberlo hecho podrían haber acabado arrastrados por un viento de cambio que por momentos llegó a alcanzar la virulencia de un huracán. Pero todo el ímpetu regenerador se ha ido desvaneciendo conforme los dos partidos entraban en las instituciones, incluso tocaban poder, distribuían puestos de representación, escaños, concejalías, se sumaban al reparto de subvenciones o a la designación de altos cargos en consejos de administración de empresas públicas o en organismos de asesoramiento. En todo ese proceso fueron perdiendo el aura que los envolvía, incluso la frescura y la espontaneidad de su primer momento. Nadie puede negar el casi heroico papel que Ciudadanos ha tenido y tiene que desempeñar en Cataluña -donde nació-, enfrentado a un separatismo que no duda en señalar, hostigar y perseguir al que osa discrepar de su hoja de ruta secesionista y de su relato mentiroso y etnicista, el de «Espanya ens roba» y los catalanes somos superiores al resto. Tampoco se puede desconocer el intento de la dirección del partido naranja por tratar de aplicar una política diferente en la que tan posible es un pacto con el PSOE como con el PP e incluso con Vox. Pero a estas alturas, tras la errática política de fichajes, la arriesgada apuesta por Manuel Valls y el lamentable error de Castilla y León, coronado con un vergonzoso pucherazo, es evidente que en Ciudadanos se ha instalado una gran confusión que amenaza con la estabilidad del proyecto y hasta con su viabilidad a medio plazo. El papel del partido bisagra no siempre va a ser bien comprendido en una sociedad como la española que tiende al maniqueísmo, a la simplificación entre blancos y negros, azules y rojos, los míos y los otros. Interpretar bien ese papel no es nada sencillo, exige templanza, coherencia, mucha mano izquierda y una buena dosis de sentido común. Y justamente todo eso es lo que faltó cuando desde la dirección nacional se eligió la más que dudosa vía de Silvia Clemente como candidata a la Junta de Castilla y León, únicamente porque se veía en ella una forma de desgastar al PP. Al final, el único desgastado ha sido Ciudadanos.