CONDENADOS A TRIUNFAR

JOSÉ MARTÍ

El sábado, víspera del partido frente al Huesca, anduvimos en la celebración del bautizo de Alvaro, sin duda el más guapo de todos mis sobrinos. Algunos familiares, conscientes de nuestro sufrimiento como granotas de cara a los siete partidos agónicos que nos quedan, nos trasladaron ánimo y aliento con una frase de mi santo padre ya fallecido: «No tienen que poder». El señor Martí era muy de acuñar sentencias para transmitir ánimos: «Estamos condenados a triunfar», «Això és de categoria» o «De debò al màxim» pueden servir de ejemplo. Eso no quiere decir que el próximo domingo, en el derbi de la ciudad que a algunos parece molestar, los aficionados levantinistas soñemos con llevarnos los tres puntos de casa de nuestros vecinos. Jamás hemos ganado en Mestalla y no parece que ahora estemos como para tirar cohetes. Sin embargo, el Levante siempre acude allí con un halo de esperanza ( lo último que se pierde) como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. Al contrario. En las pelis, James Bond siempre gana. Aunque esta vez acudimos con un arma nueva, el VAR, para evitar favores arbitrales como los del pasado inmediato.

El reencuentro de impostada germanor del domingo es más bien de resignación viendo cómo está el patio. La mayoría de los granotas, para curarnos en salud, echamos mano del derrotismo de Azorín y su «siempre es tarde» que se desliza en muchos de sus escritos. Acudimos a la grada visitante, a los altos ubicados entre Aragón y Suecia, cabizbajos, agónicos, resabiados por tantas decepciones pasadas, con la sensación de que, por hache o por be, nunca parará a recogernos el tren de la victoria en el viejo estadio del ahora club centenario. Y más viendo la fragilidad de un equipo como el de Paco López que, aunque juega bien y tiene gol, se hunde anímicamente al menor contratiempo, muy vulnerable atrás y con una capacidad física limitada que contrasta con el bloque compacto y granítico de Marcelino. Fíjense cómo vemos de complicado el tema que incluso con un pobre empate muchos granotas nos daríamos con un canto en los dientes. Aunque a estas alturas un punto no sirve para casi nada y le condena a seguir ardiendo a fuego lento, con un tortuoso sufrimiento, en la hoguera de los torpes que pelean por no descender.

Así están las cosas en el tramo final de la temporada. Solo queda sufrir y pelear hasta el final. Todos juntos unidos, equipo y afición, para intentar sacar adelante esta complicada situación de la mejor manera posible. Conscientes de que, al final y por mucho que les pese a algunos, «estamos condenados a triunfar». O no.