La complicidad contemplativa del tren

La complicidad contemplativa del tren
Jack Anstey
PEDRO PARICIO AUCEJO

En 2025 el tren cumplirá su segundo centenario de existencia. Se consumarán entonces doscientos años de configuración de nuestra civilización. Surgido en 1825 como hallazgo mecánico de la revolución industrial, ha logrado alcanzar un puesto de privilegio entre todos los inventos que definen la edad moderna: con él se inauguró la era del transporte de masas, pero también de la distribución nacional e internacional de mercancías; de la expansión del comercio, la industria y la actividad económica en general; del acceso a lugares insospechados; de la información, la comunicación y el intercambio cultural entre sociedades alejadas; del conocimiento científico y la experimentación técnica; de las infraestructuras estratégicas...

Y con su llegada se transformó igualmente la existencia cotidiana, hasta el punto de imprimir carácter en aquellas vidas ligadas a la cercanía de cualquier estación ferroviaria. Durante mi niñez, la proximidad de la vivienda familiar a una de ellas me permitió prescindir del reloj y ajustar el control del tiempo al ritmo del horario del paso de los trenes. Observé el ininterrumpido trasiego de pasajeros por salas de espera y andenes. Aprecié a distinguir entre la regularidad de su flujo en los días laborables y su masificación en los fines de semana del verano y de los períodos vacacionales. Aprendí los destinos -lugares casi todos desconocidos para mí en aquella época- de los convoyes que paraban en la estación. Conté el interminable número de vagones de los trenes de mercancías en su lento transitar por las zonas pobladas. Y me asombré con el cargamento transportado por las expediciones militares para sus maniobras en tierras consideradas épicas por mí en aquel momento.

Este bagaje de experiencia infantil con los caminos de hierro me llevó a asociar el tren con el espíritu viajero. A su capacidad para devorar kilómetros, acceder a nuevos ambientes, relacionarse con personas desconocidas o satisfacer la curiosidad y el afán de aventura, el tren multiplicaba la ambigüedad emocional de toda partida: alejamiento, transitoriedad, nostalgia... Con magistral precisión lo señaló José Ortega y Gasset (1883-1955): «Cuando viajamos se eleva a su última potencia el carácter de fugacidad que es propio a nuestra relación con las cosas. Rodamos sobre ellas y ellas sobre nosotros (...), se hace extremada la momentaneidad de nuestro contacto con los objetos, paisajes, figuras, y paralelamente nos acongoja la pena que sentimos que así sea».

Esta facilidad ferroviaria para el movimiento fue también recogida líricamente por Miguel de Unamuno (1864-1936), que, además de frecuentar el uso de este medio de transporte como viajero, ostentó en su momento un sillón del Consejo de Administración de la Compañía del Ferrocarril de Salamanca a la Frontera de Portugal: «Otra vez en el tren; fluyen los campos, / viene tierra y se va (...). Ay, mi Castilla, junto al tren que pasa / los surcos de rastrojos que desfilan...». Pero quien más poéticamente expresó la riqueza sentimental de la movilidad del tren fue -sin duda alguna- Antonio Machado (1875-1939): «Yo, para todo viaje / -siempre sobre la madera / de mi vagón de tercera-, / voy ligero de equipaje. / Si es de noche, porque no / acostumbro a dormir yo, / y de día, por mirar / los arbolitos pasar, / yo nunca duermo en el tren, / y, sin embargo, voy bien. / ¡Este placer de alejarse! / Londres, Madrid, Ponferrada, tan lindos... para marcharse. / Lo molesto es la llegada. / Luego, el tren, al caminar, / siempre nos hace soñar (...)».

No hay vacilación en ello: el alma del tren es viajera por esencia. Mas no acaba ahí su seducción. La observación que, desde él, hice del paisaje en cada trayecto me nutrió física y espiritualmente. Ya adulto, capté sus rasgos naturales y culturales hasta saborear su profundo magisterio: lo que no se ve espacialmente pero lo constituye, la grandeza de lo invisible en la pequeñez de lo visible de una vida que se sabe noble. Aprendí a recogerme en mi intimidad y evocar allí la unidad de la existencia humana y el cosmos. Se despertó en mí la conciencia de estar inmerso en lo Absoluto, de sentir su constante presencia y ver la vida con la mirada del misterio divino, sin el deseo de apoderarme de las cosas y poseerlas. Adquirí así la capacidad de abismarme interiormente en la contemplación esencial del mundo, cuyo sentido no es otro que el ordenamiento del alma al Ser Supremo que la habita y diviniza.

Si el tren ha tenido un fascinante pasado y un insustituible presente, muestra igualmente un prometedor porvenir de innovaciones técnicas y, sobre todo, un innegable futuro estratégico: con la saturación actual de las carreteras como un problema global en aumento, los trenes tienen un papel importante que desempeñar en el devenir de nuestros medios de transporte. Pero también es sugestiva su función en el mañana de nuestra contemplación... Viajando en tren se aprende a mirar con calma, profundidad y paciencia; a prestar atención a cuanto nos rodea; a asombrarse ante la realidad que nos insinúa; a buscar y descifrar sus secretos, a seguirlos y a amarlos hasta sus últimas consecuencias.