Las columnas

Tantos años después, el periodismo está más vivo que nunca, y es más necesario que nunca

CÉSAR GAVELA

Aveces, las palabras empiezan a decir muy poco. En cuanto se confía el columnista, ellas toman el mando y tratan de embarrancar el texto en el tedio y el lugar común. En la pobretona mediocridad. Las palabras, entonces, se vacían de la poca imaginación que les iba quedando, y se extravían en la repetición tópica de sustantivos y adjetivos encadenados, en burocráticas frases, en anodinas valoraciones, en burdas retahílas, en discursos sin gracia. Por algo las columnas que más cuesta escribir son aquellas que menos chispa tienen. Es una regla misteriosa que sabemos bien los que ejercemos esta querencia. Y tenemos el privilegio de hacerlo.

El verano, con su parón general, aunque tardío en este año, insoportable hasta que Doñana recibió a Pedro Sánchez, puede ser un buen momento para reflexionar sobre este peculiar arte que consiste en escribir artículos de opinión. Un género que permite mayores libertades y que, a la vez, concita mayores peligros. El peor de todos, aburrir. Como también sucede con los cuentos o las novelas, incluso con los libros de historia y hasta con los textos de ciencia. Todo, menos aburrir, que es el cemento de la peor literatura. Y del peor periodismo de opinión.

Vivir es rehacerse. Reinventarse. En todos los órdenes. También leer la prensa con interés es un camino de enriquecimiento. Tanto para el que escribe como para el que lee. Unidos informador, opinador y lector en una misma curiosidad por las cosas del mundo, de España y de la vida en general, que de todo hablan y deben hablar los periódicos.

Para esa renovación hay que abrir caminos, y hacerlo con prudente audacia, cabría decir. Llegar a un pacto más vistoso y sugerente. Donde la sencillez siga siendo la herramienta principal, pero buscando una sencillez más estimulante y profunda. Arriesgar un poco y ampliar la mirada, sin olvidar la meta, que es pensar y hacer pensar. Ser claros y tratar de ser, a la vez, un poco más luminosos. Convertir los párrafos de una columna en algo más. Hay ejemplos extraordinarios. Por mi parte, pertenezco a una generación que donde más intensamente se formó, aparte de la Universidad, Madrid en mi caso, fue en la prensa. Más que en los libros. Porque aquellos años 70 fueron cruciales, y era esencialmente en la prensa donde encontrábamos el alimento para la razón, la esperanza y la alegría. Para la búsqueda. Pues bien, tantos años después, el periodismo está más vivo que nunca, y es más necesario que nunca, justo cuando la necedad alcanza el paroxismo en las redes sociales y en otros medios. Es ineludible un periodismo humanista, que huya de lo sectario, lo vulgar y lo romo. En fin, consejos que me doy en voz alta, en este velar el nuevo curso. Propósitos de libertad, de belleza y verdad: los que merecen la pena. El reto es muy ambicioso pero es el que vale. Otra cosa serán los resultados, claro.