COLILLAS RETORCIDAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Recién desembarcado en una cercana playa populosa, para rematar las jornadas vacacionales de absoluta hibernación cumpliendo con el rito habitual, me alcanzan los ecos acerca de la posible prohibición de fumar sobre la arena mientras las olas lamen nuestros tobillos salvo si no podemos remojarnos por culpa de las partículas fecales que brotan aquí y allá.

Tengo clara mi postura: por una vez estoy a favor de prohibir la nicotina, en este caso intramuros playeros, como quien dice, pues encuentro algo entre obsceno y gorrino en el acto de apagar la colilla sumergiendo a traición la brasa de su cabeza bajo el fino manto arenoso. Tampoco me trago que, como apuntan algunos, ese residuo de pitillo tarde un siglo en degradarse. Y ni siquiera he abandonado el hábito de emponzoñarme con la nicotina, sin embargo hay un no sé qué de hereje y, sobre todo, insisto, de gran cochino en lo de fumar en semejante situación. De entrada, con la brisa marina resulta imposible conseguir el placer de inspirar y expulsar el humo, el gozo de forjar nubes azulinas de humo que envuelven el ambiente. Para fumar con fundamento se requieren espacios cerrados, sólo así la atmósfera adquiere la consistencia encanallada, acaso envilecida, que tanto complacía a la golfemia faltona que tantas páginas generó en favor de la literatura. Fumar en la playa supone incurrir en una actividad contra natura, algo así como visionar 'Centauros del desierto' en la enana pantalla de un móvil. Me dolió cuando erradicaron el fumele de los garitos, y por eso dejé de frecuentarlos, porque no entiendo la farra nocturna sin ese condimento frente a una banda de blues, pero pisamos la playa cuando brilla el sol y entonces irrumpen otros códigos. Y qué asco contemplar la arena erizada por esas colillas retorcidas... No, en la playa mejor no se fuma.